Garra


Miró por encima del hombro con la intención de ver una vez más el rostro angelical del valiente norse que más la había amado, pero aquel muchacho de rasgos tranquilos y mirada alegre ya no existía; en su lugar, como poseído por el mismo dios de la guerra, encontró a un protagonista muy distinto: Ariel golpeaba y se defendía con ciega y feroz acometividad, como un guerrero milenario surgido de las antiguas sagas, lanzándose al encuentro de los aceros de los villanos que habían intentado matarla. Incluso sus ojos se habían tornado indiferentes, sin atisbo de expresión que revelasen miedo, y a ella se le antojaron los ojos de un hombre consciente de su final.
—¡Huye! —le oye gritar antes de que una hoja golpeara su coraza—. Y por Eskol que ni se te ocurra dejarte matar. Tienes que vengar mi muerte, Garra…









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