Trainspotting



Autor: Irvine Welsh
Edición: Anagrama
Páginas: 348
Año de publicación: 1999

Muy pocas veces alguien se atrevió a recomendar tan fervientemente una novela. «Merece vender más ejemplares que la Biblia», afirmó Rebel Inc., una insolente revista literaria escocesa. De inmediato celebrada por los críticos más estrictos pero leída también por aquellos que raramente se acercan a los libros, Trainspotting se convirtió en uno de los acontecimientos literarios y también extraliterarios de la última década. Fue rápidamente adaptada al teatro y luego llevada a la pantalla por Danny Boyle, uno de los jóvenes prodigio del cine inglés. Sus protagonistas son un grupo de jóvenes desesperadamente realistas, ni se les ocurre pensar en el futuro: saben que nada o casi nada va a cambiar, habitantes del otro Edimburgo, el que no aparece en los famosos festivales, capital europea del sida y paraíso de la desocupación, la miseria y la prostitución, embarcados en una peripecia vital cuyo combustible es la droga, «el elixir que les da la vida, y se la quita». Welsh escribe en el áspero, colorido, vigoroso lenguaje de las calles. Y entre pico y pico, entre borracheras y fútbol, sexo y rock and roll, la negra picaresca, la épica astrosa de los que nacieron en el lado duro de la vida, de los que no tienen otra salida que escapar, o amortiguar el dolor de existir con lo primero que caiga en sus manos.

Tirano



Autor: Christian Cameron
Edición: Ediciones B
Páginas: 576
Año de publicación: 2009

Como miembro del ejército de Alejandro de Macedonia, Kineas ha sido testigo de las acciones del dios de la guerra: escenas de heroísmo, como salidas de la mente de Homero, y otras de horror, más tenebrosas que sus propias pesadillas. Dos coronas de laurel, así como algunas cicatrices que perdurarán por siempre, reconocen su valor al mando de la caballería griega. Pero, al regresar a Atenas, Kineas encontrará que la recompensa a los servicios prestados no es la gloria sino la vergüenza y el exilio. Sin nada más que su reputación militar, Kineas accederá a conducir un grupo de veteranos hacia la ciudad de Olbia cuyo Tirano está ofreciendo dinero a quien entrene a su caballería de élite. Pronto Kineas y sus hombres se verán involucrados en las confabulaciones del Tirano contra sus propios ciudadanos, en tanto que la destrucción amenaza a Olbia desde fuera. Mientras Alejandro ha estado conquistando el mundo, Macedonia se ha tornado hambrienta de oro y grano, y Olbia está en su camino. Kineas se enfrente entonces a la máquina de guerra más mortifica que jamás haya existido con un ejército recién entrenado, un puñado de mercenarios y los imprescindibles escitas, antiguos aliados de Olbia. Apesadumbrado por las oscuras profecías de una vidente escita y perseguido por una deslumbrante mujer guerrera cuyo amor podría traer la muerte, Kineas deberá urdir un osado plan a fin de evitar el destino que los dioses parecen haber preparado para él.

Santa Teresa de Jesús

video

La Legión Olvidada



Autor: Ben Kane
Edición: Ediciones B
Páginas: 560
Año de publicación: 2013

Cuatro esclavos de Roma marcados por un mismo destino. Juntos lucharán por su honor, libertad y venganza.
Rómulo y Fabiola son gemelos nacidos de una madre esclava y vendidos a los trece años: ella a un famoso prostíbulo y él a una escuela de gladiadores. Tarquinus es un adivino etrusco que odia a Roma y los romanos, y que se pasea por las calles de la ciudad en busca de venganza. Brennus es un galo, hecho prisionero tras la destrucción de su pueblo a manos de soldados del imperio, y ahora el gladiador más importante de la ciudad. Las vidas de estos cuatro personajes se cruzarán de manera inevitable, al parecer marcadas por un mismo destino.
Los lectores disfrutarán con esta novela que narra la vida cotidiana de cuatro personajes muy distintos en la Roma del año 40 a.C. ya que su autor es un experto en historia militar y de Roma y reproduce con lujo de detalle la vida en la domus imperial, profundizando acerca de los gladiadores, el Lupanar y la superstición.

Las Garras del Águila



Autor: Simon Scarrow
Edición: Pocket
Páginas: 576
Año de publicación: 2010

Esta novela nos adentra en el mundo de los druidas y los ritos de las llamadas tribus bárbaras, en este caso los durotriges. El ejército romano, que no ceja en su empeño de conquistar Britania, se enfrenta a un crudo invierno mientras espera el momento propicio para continuar su avance, pero el secuestro de la familia del general Aulo Plautio complica sus planes.
El centurión Macro y Cato son enviados a tierras desconocidas, en compañía de un intérprete que se revelará muy poco útil, para intentar liberar a los secuestrados, y ello les llevará a enfrentarse a las más sorprendentes y arriesgadas aventuras, sin otra ayuda que su ingenio (y la ingenuidad de los bárbaros).

Alta Traición



Ricardo de Bouillón fue el primero en llegar al dormitorio de Bregan: acero en mano, con el torso al descubierto y el largo cabello oscuro asido por una cinta de cuero.
Pronto fueron apareciendo más y más nobles alertados por el alboroto, muchos vestidos aún con ropa de cama y acarreando lámparas de aceite en la mano. Aunque la gran mayoría, imitando a de Bouillón, lo hizo con las frías hojas de sus espadas ya desnudas. Ricardo se disponía a cruzar el dintel de la alcoba cuando algo lo detuvo. Las pertenencias de Bregan: espejos traídos de la lejana Rasel, cortinas de seda, cojines, tapices, su propio busto hecho en oro, incluso su coraza y la capa roja de la Orden de los Duelistas, todo sin excepción estaba cubierto de sangre. Como si un artista demente hubiese pintado un campo de batalla en la sala.
—¡Bregan…! ¿Estás bien?
No hubo respuesta.
Ricardo avanzó poco a poco, con los brazos abiertos sin permitir ser rebasado por ninguno de los señores que, como lobos hambrientos, se agolpaban tras su espalda.
—¿Bregan…?
—¡Cuidado! —dijo alguien tras él señalando al suelo.
Ricardo hizo a un lado con el pie la testa de un asaltante; después siguió como si nada sorteando arroyos escarlata en los que descansaban lo que parecían ser espadas imperiales.
—Hermano...
—Han querido matarme —dijo éste con un hilo de voz.
Bregan de Chatillón permanecía inmóvil en mitad de la cámara, completamente desnudo, con el cabello adherido al rostro, que si bien muchos de los presentes lo recordaban oscuro como el  ala de un cuervo, éste había adquirido un tono tan rojizo como el pelaje de un zorro. A simple vista, las heridas del César no revestían gravedad; aunque a nadie se le escapaba que necesitaba la atención de un matasanos.
—Lo sé —susurró Ricardo, examinando los cuerpos de los legionarios a los que Bregan había dado muerte.
El emperador aún aferraba con vigor a Runa Sangrienta. Ricardo arrancó, no sin esfuerzo, la defensa de sus manos viscosas y la puso al cuidado de Nicandro, quien instantes antes lo alertara de la testa cortada de uno de los infiltrados. Bregan tenía una herida aparatosa en el pectoral derecho por la que no dejaba de manar una cantidad importante de sangre. Había recibido un número significativo de cortes en el estómago además de la espalda, de modo que ésta le corría por vientre y muslos formando a sus pies lo que a de Bouillón se le antojó el delta de un gran rio.
—¡Por Miedo y Terror! —clamó Ricardo.
—¡Ha escapado por la ventana! —indicó alguien.
Nicandro echó un vistazo por el mirador, pero no logró adaptar la vista al velo de tenebrosidad que imperaba en los jardines. Un grupo de legionarios de la compañía urbanae, que era la responsable de mantener el orden en la capital, se personó en el recinto haciendo alarde de su fuerza: sarisas de seis metros de longitud, hachas barbudas, espadas de hoja recta, todo un arsenal de acero destinado a dar caza al responsable de perturbar la paz de Chatillón.
—¡Cerrad el perímetro! —gritó Nicandro a los soldados, que acataron la orden con marcialidad—. ¡Que nadie entre ni salga de la ciudad! ¡Quiero a los responsables de tamaña insolencia a merced de mi espada!
Uno de los hidalgos que habían acudido a la estancia, viendo que el César continuaba como su madre lo trajo al mundo, se desprendió con premura de su capa para que éste cubriera su desnudez. A las viejas heridas del adalid, de las que siempre había estado orgulloso, se sumaban otras más recientes que narraban la historia de un ultraje en mitad de la noche. Bregan no tardó en recuperar su habitual estado de amargura, pues como poseído por el ánimo de quien aguarda la noticia del nacimiento de su primogénito, el mandatario echó a andar de un lado a otro de la estancia exigiendo responsabilidades a voz en cuello.
Nicandro llamó a Ricardo a un parte. Los rostros de los malogrados no se le hacían desconocidos, como tampoco lo eran para de Bouillón. Las pruebas parecían estar claras y se hacía evidente que Bregan había sido atacado por miembros de su propia legión. Bastaba con echar un vistazo en derredor y juntar las piezas: Lisímaco, Lisipo y Amintas, los tres vestidos con la coraza de cuero propia de las misiones de infiltración, yacían sin vida. Sólo restaba la presencia de Agatocles, hermano de Lisímaco, quien, claro está, no tardaría en ser apresado y ajusticiado. Un esclavo trató de apaciguar a Bregan sirviéndole un tónico; el César le enseñó por dónde se lo podía meter. No a gran distancia, enfundados en la capa roja de la Orden de los Duelistas, Eneas y su hermano Alceo, que habían servido al padre de Bregan antes que a él, se entregaban a la especulación. Sin duda, a esas alturas, ambos hermanos estaban al corriente del quién. Sólo les restaba conocer el porqué.
No hubo que esperar demasiado para salir de dudas.
Dos oficiales ataviados para la guerra: coraza, yelmo y espada al cinto, se personaron portando la noticia de sobra conocida para quienes habían acudido a socorrer a Bregan. El nombre de los marciales hubiese sido lo de menos de no ser por el peso que ambos tenían en asuntos del Imperio. Eran Andrés de Montbard, mano derecha de Ricardo de Bouillón, hombre tremendamente diestro con la espada, y Hugo de Cimón, duelista de Palaós como su compañero, el hombre más acaudalado del continente de  Enceladus.
—¡Lo capturamos, señor! —anunció Montbard. Bregan desnudó los dientes por puro instinto mostrando un aspecto feroz—. Lo atrapamos en la Vía Gallarda, junto a la fuente de la Victoria. En estos momentos mis hombres lo trasladan al torreón de Afónico para que sea interrogado.
—¿Es Agatocles? —Bregan no pudo disimular su ira.
Hugo de Cimón, que todavía no había abierto la boca, se adelantó para confirmar al César que estaba en lo cierto.
Durante un instante, Bregan de Chatillón clavó la mirada en aquellos dos adalides tan distintos entre sí: Andrés, ya rebasada la treintena, con su cabello corto y oscuro. Hugo de Cimón, cerca de los cuarenta, como bien atestiguaba su media melena totalmente nívea. Sombra y luz, o como prefería llamarlos Bregan: Ángel y Demonio.
—¡Mi coraza! —vociferó Chatillón, y acercándose a Ricardo le dijo lo siguiente—: Ve a vestirte, hermano, puedo hacer esto yo solo—. A lo que el duelista se negó.
Ricardo hizo un gesto a Andrés para que lo acompañara.
Bregan de Chatillón lanzó un salivazo por el hueco de los dientes antes de volver a repetir la orden; una sonrisa diabólica bailaba en sus labios. El César abrió los brazos y dejó que dos esclavos le colocasen la panoplia. No veía el momento de tener cara a cara al bueno de Agatocles.   

✠ ✠ ✠

—¡Por la polla de Kasei¡ ¿Viste su mirada? No me gustaría estar en el pellejo de Agatocles. De hecho, preferiría estar rodeado por una manada de lobos con vergas enormes, a tener nada que ver con él. Bregan está completamente loco.
Andrés de Montbard aferró con fuerza el amuleto de la suerte que colgaba de su cuello, una lechuza de plata, y se lo llevó a los labios mientras ayudaba a vestirse a Ricardo.
—No es para menos; esta es la segunda vez que tratan de asesinarlo en menos de un año, ambas llevadas a cabo por hombres de la XI Lobuna Bregatix, su propia legión.
De Bouillón se sirvió algo de vino de una jarra cercana y ofreció un trago a Montbard, el duelista lo rechazó con un movimiento de cabeza. No era ni el momento ni el lugar.
—He oído decir a un legionario en los barracones que Agatocles, durante la fuga, gritó el nombre de la legión con la que el viejo Jaca sometió a los hombres del norte. No olvidemos que Agatocles y su hermano Lisímaco, como Lisipo y Amintas, pertenecieron a la legión VI Jaca Sacra.
—Lo culpan de la muerte de su padre —sentenció Ricardo de Bouillón terminando de colocarse la coraza.
—Y no me extraña que así sea. Ambos nos hallábamos en el jodido Bosque Rojo cuando todo ocurrió. —Andrés volvió a llevar la lechuza de plata a sus labios y bajó la voz, a pesar de que en los aposentos sólo estaban ellos dos—. Una flecha atravesó limpiamente el hombro de Jaca durante la batalla, ¿cómo pudo algo así acabar con su vida? Ese médico hijo de puta de Hipócrates aseguró que no corría peligro. Sin embargo, esa misma noche se apagó su luz. No hace falta que te diga cuánto deseaban Bregan y Dow hacerse con el control del Imperio.
—No, no hace falta.
—Pura mierda, hermano.
—A todo esto... ¿Recuerdas aquello de lo que te hablé?
—¿Te refieres a lo de abandonar Palaós unos días?
—Así es. Precisamente está relacionado con ese olor a mierda que aludes. He de acudir a Pugnator cuanto antes; parece ser que un templario de la Santa Sede tiene pruebas que incriminan a Bregan y a Dow en la muerte de Jaca.
—¿Pruebas? ¿A estas alturas? Han pasado dos años desde que la parca sorprendió con el culo al aire al mejor emperador que ha visto Enceladus. Ya es tarde para eso.
—Lo sé. Parece que el nombramiento del nuevo Santo Padre ha removido los cimientos de la Santa Sede. Este Papa no es como el anterior. Así que si hay una posibilidad de hacer justicia, por remota que ésta sea, no descansaré hasta llevar al asesino o los asesinos de Jaca a la horca.
—Créeme cuando te digo que es una grata noticia. Pero no es buen momento para dejar Palaós. Mientras hablamos, la sequía que devasta el continente obliga a los hombres del norte a marchar contra La Marca: pretenden cruzar de una vez por todas los Cuarteles de Invierno y ocupar Enceladus.
—Malditos norses —masculló Ricardo.
—Hay más —continuó Andrés—, tu hermano Dow, al frente de la décima Dow Sacra, a la que debemos unirnos una vez sus lanzas despunten en el Campo de Kasei, acude en ayuda de La Marca como buen siervo de la guerra.
Andrés rechazó por segunda vez el trago que Ricardo le ofreció. El duelista vio a de Bouillón derramar una libación al suelo y supuso que sería en honor a su hermano.
Pero recordar a Ricardo su cometido no aplacó su sed.
—Pues tendrá que arreglárselas sin mí…
Montbard lo miró de hito en hito.
—No le resultará complicado tratándose de salvajes…
—¿Acaso la polla de un muchacho no puede desflorar a una matrona? —Andrés de Montbard arrebató la copa vacía de la mano de Ricardo para hacerla a un lado—. No son sólo salvajes. Sufrimos su ira desde hace siglos. Nuestros padres perecieron luchando contra ellos. No lo son. La falta de lluvia los obliga a adentrarse en el continente en busca de mejores pastos. Y no sólo los norses parecen agitados: varias provincias imperiales amenazan con sublevarse. Bregan ha tenido a bien enviar a Baros de Caria a Canae a sofocar una posible rebelión. Ese bastardo de Vetusto, valiéndose del incremento del precio del grano, se niega a pagarlo y ha puesto a su pueblo en contra de los monarcas.
Ricardo recordó que Baros de Caria había mencionado algo al respecto. El duelista deseó de todo corazón que a su compañero le fuese mejor en Canae que a él en Palaós.
—Tu ausencia no pasará desapercibida para Bregan. ¿Qué pensarán el resto de oficiales si eludes el combate?
—Tienes razón. Partiré hoy mismo; sólo así conseguiré alcanzar a las legiones antes de que divisen los muros de La Marca. Voy a necesitar a mi mejor montura.
—Vas a necesitar mucho más que eso. —Andrés parecía preocupado—.  Espero que sepas lo que haces, amigo.
—Yo también lo espero —respondió Ricardo.
—Entonces no hay más que decir. —Andrés y Ricardo aferraron sus antebrazos a modo de despedida—. Si no asistes al baile, no esperes que comparta contigo el botín.
—Puedes quedártelo todo, hermano —dijo de Bouillón con un brillo en la mirada que alertó a Montbard—. Pienso volver con algo más grande que las pertenencias de esos infieles: el nombre de los asesinos de mi padre adoptivo.
—Qué Kasei altísimo te proteja, chiflado. Anda, ve. No hagas esperar a nuestro emperador.
Bregan de Chatillón y Ricardo irrumpieron en el torreón de Afónico como una corriente de aire frío. El reo estaba de espaldas a la entrada cuando llegaron, así que no pudieron verle el rostro al entrar; aunque no hizo falta para saber que se trataba de Agatocles. A la derecha del infeliz que pronto rogaría por su vida, Afónico, un fulano de dos metros de alzada, acariciaba el plano de un sable con una piedra de amolar. Chatillón saludó al verdugo con respeto; éste, inclinando la cabeza con fervor, se llevó el puño al pecho.
—¡Dale la vuelta, por favor!
Afónico pisó el pedal y la silla de hierro comenzó a girar revelando la identidad del agresor, como todos suponían, Agatocles era la rata que cerraba la partida. El legionario tenía la cabeza levemente inclinada y una mata de cabello oscuro escondía su rostro. Había sido privado de su coraza y sus manos y pies estaban sujetos por correas de cuero. Afónico rodeó el sitial y propinó un sopapo al reo para espabilarlo. Una bofetada que le llovió de abajo arriba, y que decía mucho, y todo para bien, del quien la había dado.
—¡Grrr, grrr! —Afónico emitió unos gruñidos al tiempo que hundía dos dedos en el mentón de Agatocles y tiraba de él hacia arriba, su idea era dejar al descubierto su identidad.
—¿Ha dicho algo? —Afónico negó con la cabeza.
A Ricardo de Bouillón se le erizó el vello al escuchar  a Bregan preguntar aquello, pues no dejaba de ser irónico que el encargado de llevar a cabo los interrogatorios en Palaós fuese mudo de nacimiento, de ahí lo de Afónico. El fulano era toda una leyenda en Enceladus. Todo el mundo había oído hablar de sus métodos y cualquiera que diese con sus huesos en su torreón, culpable o inocente, sabía que debía saber cantar si no quería terminar comiéndose sus propios dedos, eso si antes no se los habían introducido por el ano.
—¿Tienes miedo, Agatocles?
Bregan había esperado encontrarse con un tipo asustado; pero para su fastidio halló a un hombre sereno que lo miraba a los ojos con osadía, hasta tal punto que sintió la necesidad de apartar los suyos. La humedad se deslizaba por los muros grises del torreón, como si aquellas paredes pudiesen derramar su llanto por las cosas que ahí sucedían. Ricardo asistió en silencio a aquella lucha de voluntades entre Bregan y Agatocles. La tensión resultaba tan evidente que el duelista pensó que podría cortarla con el filo de su espada sin esfuerzo. Vio que su hermano daba por buena la derrota y deseó no haber bebido tanto, a esas alturas tenía la certeza de que pronto la cabeza de Agatocles decoraría las almenas de Palaós. Sabía que era necesario por el bien del Imperio, pero no podía evitar pensar que Agatocles y los suyos habían entregado su vida por algo que consideraban noble. ¿Qué vasallo no intentaría vengar a su señor? No fue hasta ver a Afónico poner a resguardo su capa, un par de sentencias de muerte y otros objetos, que entendió lo que estaba ocurriendo: Bregan aún no había formulado ninguna pregunta. Parecía preferir que Agatocles guardara silencio en vez de confesar su crimen, o tal vez algo más truculento.
Ricardo no tardó en saber que aquello no se trataba de un interrogatorio al uso, además de recordar que Bregan había intentado que no acudiese al torreón. El duelista vio por el rabillo del ojo que Bregan llevaba su mano al pomo de su espada. En ese instante, Agatocles hizo mención de hablar, haciendo que Bregan liberase el acero de su vaina.
—Espera… —se oyó decir de Bouillón a sí mismo.
Agatocles cerró los ojos para aullar alto y claro un «tú lo mataste» que dejó helado a Ricardo. El brazo de Bregan se movió con rapidez. Apenas hubo completado la frase, Runa Sangrienta hendió el aire con un silbido y separó la cabeza de sus hombres, lanzando un reguero de sangre en todas direcciones. Para Ricardo se hizo evidente que aquello era lo que Bregan había estado esperando. Si bien hubiera preferido que su mano fuese más rápida que la lengua de Agatocles. El monarca entregó a Afónico su espada y ojeó interrogativo a su hermano, que fue incapaz de sostener su mira. Tal y cómo estaban las cosas, Ricardo creyó oportuno la reunión con el templario que aseguraba tener pruebas contra los hermanos Chatillón, puesto que de estar éste en los cierto, todos sin excepción corrían un grave peligro.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...