Ululos y Paladinos



El remordimiento siempre llega primero. El resto es dolor.
Sintió un vacío horrible al recordarlo: había matado a su hermano con su propia espada. Al principio imaginó que hallaría algo de paz, pero pronto comprendió que aquel fantasma le perseguiría sin descanso durante toda la vida.
Desde las almenas, Ricardo de Bouillón contemplaba los bosques de roble y abedules que rodeaban la ciudad de Palaós. A su derecha, serio, con la capa roja que vistiera en tantas contiendas, su fiel amigo Andrés de Montbard veía tomar posiciones al ejército del emperador Dow de Chatillón. Muy cerca, Bolwar el Cazador tensaba su arco.
—¡Son demasiados! —Andrés de Montbard puso voz a sus pensamientos—. ¡Dow ha traído a todo su ejército! ¡Al jodido estandarte de Ulula se le unen el de Drakkar y el de Eneas! ¡Pero no veo a ninguno de los dos adalides! —El duelista escupió por la almena y maldijo con acidez—. ¡Por lo visto nuestra suerte no es mejor que la de una fulana!
Bolwar se mordió el labio inferior y echó un vistazo por el merlón. El día había amanecido despejado, un aroma a pan recién cocinado, entremezclado con mierda de caballo y meados que eran arrojados desde las ventanas, reinaba en la capital: lo que para muchos significaba que era una mañana perfecta para la guerra. Al menos Bolwar lo creía así, pues desde su posición podía ver con claridad el brillo de las aguas del río Yaniracocha, pero también el de las lanzas de un enemigo cuyo número no dejaba de crecer.
—Drakkar está justo a la derecha de Dow de Chatillón —indicó Bolwar a un Andrés cada vez más nervioso.
Ricardo seguía escrutando los bosques con aquellos ojos grises como la tormenta. Llevaba el largo cabello recogido y su barba lucía más descuidada de lo habitual. El recuerdo de su hermano martilleaba su cabeza como un herrero golpearía un yunque. Y para colmo de males se moría de ganas por echarse un trago de lo que fuese al coleto.
—Ya no luce la armadura de oro que acostumbra, la de escamas de dragón —continuó el montaraz—. Quizá sea ése el motivo por el cual no has sido capaz de reconocerlo. Desde aquí puedo ver también el estandarte de la casa de Eneas, pero no distingo al caudillo entre los presentes.
—A lo mejor no ha vuelto de los desiertos —acertó a decir Andrés de Montbard. Bolwar lo observó pensativo.
—Es una posibilidad —indicó al fin—. La guerra que el César ha mantenido en el Este ha sido cruenta. Incluso se rumorea que su propia legión se ha visto mermada tras el choque. Quizá Eneas se encuentre entre los que perecieron. —El montaraz se llevó la mano derecha a los ojos a modo de visera, al tiempo que se mordía el labio inferior con saña. Era un tipo enigmático del que se contaban mil leyendas, algunas difíciles de creer—. Baros de Caria tampoco ha querido perderse la función —apuntó. Aquello devolvió a Ricardo a la realidad, el marcial no dudó en abrirse paso hasta Bolwar—. El duelista está a la izquierda del emperador. Es el que monta el caballo blanco con los distintivos de la casa de Ulula. Será una velada interesante.
—¿Es él? ¿Estás seguro…?
Baros de Caria había sido el último en ver con vida a Bregan de Chatillón, hermano de Dow y del mismo Ricardo. Aunque, a decir verdad, por las venas de este último no corría la sangre de la casa Chatillón, ya que tras la muerte de su padre, Ricardo, que tan sólo contaba con cinco años de edad, fue adoptado por el entonces monarca del continente de Enceladus: Jaca de Chatillón, padre de Dow y Bregan. Que no dudó en atender las necesidades del pequeño de Bouillón como si de uno de sus propios hijos se tratase. Ricardo, junto a sus hermanastros Dow y Bregan, gozó de una posición privilegiada en la corte y al cumplir los ocho años, como era costumbre, fue instruido como miembro de la Orden de los Duelistas; una antiquísima hermandad de guerreros cuyo cometido consistía en defender las fronteras del Imperio de la amenaza bárbara.
—¡Tan seguro como que me llamo Bolwar!
—Será mejor que avise al resto —dijo Andrés.
Ricardo de Bouillón asintió sin decir palabra.
—¡Se mueven! —vociferó Bolwar.
Montbard ya se dirigía a las escaleras que llevaban al patio de armas, cuando la voz del montaraz lo detuvo.
En efecto, algo que nadie había esperado que sucediese tan pronto estaba teniendo lugar a extramuros: el ejército sitiador se movía. Aunque, para ser justos, habría que decir que Dow y su nuevo campeón, un luchador formidable cuyo nombre sólo conocían unos pocos, era quien detenía su montura frente a Palaós y retaba a muerte a quien hasta hacía poco había considerado un hermano.
Un silencio incómodo se apoderó de la fortificación.
—¡Ha solicitado combate singular! —dijo alguien amparado tras la celada de su yelmo. La voz sonó metálica.
Pronto una mujer menuda de cabellos rojizos, aunque con aspecto de guerrera, apareció en la almena y confirmó lo que de Bouillón ya intuía: el marcial que acompañaba al César no era otro que Prisco, el gladiador de gladiadores.
Prisco había sido un antiguo legionario que había dado con sus huesos en la arena del anfiteatro tras ser acusado de traición. Cómo Prisco había acabado al servicio de Dow era un misterio que sólo Aixa, ahora a las órdenes de Ricardo, conocía. Pues no en vano, gladiador y guerrera, habían compartido la misma suerte en un pasado no muy lejano.
Ricardo podía percibir la mirada de Aixa a su espalda. Sabía de antemano lo que ésta iba a decirle: la exluchadora trataría de persuadirlo para que no se enfrentara a Prisco.
—Si aceptas luchar, morirás. —Ricardo oyó las palabras de Aixa sin inmutarse. Habría preferido no escucharla decir tal cosa delante de sus guerreros, pues aquellas palabras harían que muchos entrasen en combate ya vencidos.
—No pelearé con Prisco —dijo Ricardo sin volverse. Por un instante la sombra de la cobardía sobrevoló Palaós, no obstante, de Bouillón disipó toda duda de inmediato—. He matado a Bregan, mi hermano —dijo mientras se daba la vuelta y encaraba la mirada de Aixa—. Será Dow en persona quien empuñe el acero. Nunca permitiría que otro pelease sus batallas.

   

A mediodía, las puertas de Palaós se abrieron.
Ricardo atravesó el Campo de Kasei con decisión, el mismo en el que tantas veces había entrenado y brindado sacrificios al dios de la guerra. El guerrero iba engalanado con la coraza negra y la capa roja de la Orden de los Duelistas, además del broche en forma de cimitarra que lo identificaba como oficial. Dow lo esperaba unos metros por delante. El emperador, con sus dos metros de alzada, cabello largo y barba igual de poblada, también lucía la coraza de la hermandad. Prisco, acatando órdenes, había regresado con el grueso del ejército.
—¡Creí que no ibas a salir nunca!
No fueron palabras de menoscabo, ni mucho menos.
Dow, que había clavado el estandarte de Ulula frente a la muralla de Palaós, tenía el rostro relajado y una media sonrisa afloraba a sus labios, a pesar de todo lo acontecido en los últimos años: primero la muerte de su padre; luego su propio hijo Sinaé, muerto a manos de unos rufianes de taberna, y para terminar su hermano Bregan, irónicamente ejecutado por Ricardo, su otro hermano.   
—Andrés opinaba que no era buena idea salir.
Dow asintió divertido, incluso se permitió una risotada.
—¿Está ese malhablado contigo?
—Así es —dijo Ricardo—. Tenía los labios resecos y las ganas de echarse un trago iban en aumento.
—Debí imaginarlo —replicó el César. Hubo un instante de silencio antes de que volviese a hablar, un lapso que resultó igual de nocivo para ambos—. ¿Por qué lo hiciste?
La sonrisa se esfumó del rostro de Dow, era como si nunca hubiese existido. Ricardo estaba tan cerca de él que sintió la necesidad de dar un paso atrás, sabedor de que éste nunca había sido ejemplo de autocontrol, y menos cuando comenzaba a acariciarse la barba cómo acababa de hacer. Incluso temió ser aplastado por una de sus enormes manos.
—¡Ya sabes la respuesta! ¡Jaca, siempre Jaca! ¡Bregan fue juzgado por un juez de la Santa Sede, no fue un acto gratuito! —arguyó—. Sabías lo que sucedería.
—¡Te dije que no teníamos nada que ver con eso!
Dow dejó a la vista el filo de Inexorable, su hacha.
Una vena se hinchó en su frente y volvió a acariciarse la barba, un gesto que solía realizar cuando estaba nervioso.
—Sé que crees que viste algo la tarde que padre murió, pero has vivido equivocado todo este tiempo. ¡Yo no lo maté! —gritó mientras devolvía a Inexorable a las sombras, ocultando la defensa tras su cuerpo—. Pero eso ahora ya no importa. Tus acciones te han hecho atravesar una línea que nunca debiste traspasar. Tenías que haber confiado en mí.
Ricardo permaneció en el más absoluto de los silencios.
El duelista estaba convencido de la culpabilidad de Bregan; todo indicaba que el paladino había sido el cerebro de la operación y que Dow representó a las mil maravillas el papel de brazo ejecutor. Nada podía persuadirlo de lo contrario. Y menos cuando había matado a su hermano por ello. Descubrir que todo había sido un error, simplemente, era algo que no consideraba. Ahora sólo cabía centrarse en lo que estaba por llegar. Ansiaba con tanta fuerza un trago.
—¿Y ahora qué? —preguntó fingiéndose intrigado.
—Ahora pelearemos y seré yo quien acabe con tu vida.
—¿Qué ocurre si sales vencedor? —preguntó el duelista. 
—Lo sabes a la perfección —fue la respuesta de Dow—. Respetaré la vida de todos y cada uno de tus hombres, incluso la de Bolwar. Todo aquél que se halle en Palaós, aun habiéndose levantado en mi contra, será perdonado.
—Me parece sensato. ¿Y si mueres? —Ricardo conocía la respuesta, pero necesitaba calibrar sus opciones. 
—Si hoy muero, alguien ocupará mi sitio, de eso puedes estar seguro. Estoy aquí para cerrar el círculo. Si pierdo, Prisco me remplazará, y si él lo hace alguien le seguirá. Así hasta que dejes de respirar. ¿Ves eso? —Dow señaló con Inexorable su ejército—. Han venido para llevarse tu cabeza a Ulula clavada en una pica. No se conformarán con menos. Si tienen que arrasar la ciudad lo harán, créeme.
De Bouillón lo tuvo claro: vencer significaba morir, perder también equivalía a morir. De modo que era absurdo condenar al resto cuando todo tenía tan fácil solución.
Había esperado una reacción más airada por parte de su hermano, en cambio, por extraño que le resultase, Dow controlaba sus ansias de destrucción y se ceñía con escrúpulo a las reglas de la caballería; tal vez sólo por eso merecía ser el vencedor de la contienda. Los zarpazos que la vida había ido descargando sobre su espalda, y que no eran pocos, lo habían hecho madurar. Ya no era el bruto que en el pasado hacía oscilar a Inexorable frente a las murallas antes de entrar en combate, nada quedaba de aquél que perdía los nervios y se lanzaba a la batalla sin calibrar las consecuencias. El hombre que de Bouillón tenía delante seguía siendo solemne, pero también resultaba amenazador. En sus ojos, carentes de vida como el alma putrefacta de un nigromante, podía leerse el dolor por la pérdida de un hijo; por la muerte de tantos seres queridos; la rabia contenida que amenazaba con estallar de un momento a otro y que tarde o temprano terminaría cavando su propia tumba.
Ricardo de Bouillón sintió compasión por Dow, pero además sintió pena de sí mismo. Él también había sufrido los rigores de la vida: había matado a su hermano, había hecho descender su hoja con un silbido de muerte. Quizá él también mereciese morir. Los tres habían atravesado una línea invisible imposible de volver a rebasar, una vía sin retorno que los condenaba a hacer más grande y dolorosa la herida que poco a poco terminaría destruyéndolos, paso a paso, hasta que la niebla del olvido borrase sus nombres.
—¡Será al anochecer! —escupió Ricardo, ahogando sus emociones en la laguna de la indiferencia, ya que por el momento no podía hacerlo en alcohol, pero todo llegaría—. ¡Será con Miedo y Terror como espectadoras, ante la mirada de nuestros hombres! ¡Que Kasei otorgue fuerza a nuestros brazos y conceda furia a nuestros filos, que al dejar el mundo partamos con toda la dignidad que se espera de nuestras respectivas casas y que los dioses perdonen nuestros errores o nos hagan pagar por ellos!
Dow no pudo evitar sentir una punzada de orgullo al oír las palabras de su hermano. Fuese cual fuese el resultado, sabía que extrañaría a aquel maldito bastardo; echaría de menos la determinación con la que se enfrentaba al mundo, su sentido del honor. Aunque, estaba seguro que tarde o temprano volverían a reunirse allá en los Salones de Kasei. Entonces todo volvería a ser como antes. Comerían, beberían y cantarían hasta caer desmallados. Cabalgarían juntos a lomos de radiantes monturas y juntos devastarían el mundo. Dow se escupió en la mano derecha y asintió.
—¡Que Kasei conceda la victoria a su preferido y que los bardos ensalcen con sus voces la bravura del derrotado!
Ricardo imitó el gesto de su hermano y ambos adalides trabaron sus manos con la fuerza de quien sabe que nada volverá a ser lo mismo, como si uno y otro, conocedores de su destino, no quisieran que aquel instante terminase jamás.
Fue Dow quien rompió el hechizo: el César se apartó de Ricardo y dio un paso atrás mientras abría los brazos para ofrecerle un abrazo. Abrazo que el duelista no rechazó.
Miedo y Terror los vieron crecer juntos, y ellas contemplarían su final.
   

Medio Mundo



Autor: Joe Abercrombie
Edición: FANTASCY
Páginas: 344
Año de publicación: 2015

Espina Bathu es una de las pocas chicas de Gettlandia que ha recibido el don de la Madre Guerra. Desesperada por vengar la muerte de su padre, vive para la lucha. Pero tras un trágico accidente en el cuadrado de entrenamiento, su propio instructor la tacha de asesina y se convierte en una proscrita.
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Tierras Rojas



Autor: Joe Abercrombie
Edición: Alianza Editorial
Páginas: 632
Año de publicación: 2013

Shy Sur creía haber enterrado su sangriento pasado, pero tendrá que recuperar algunos de sus viejos hábitos para rescatar a sus hermanos. Comienza la persecución con un par de bueyes y su cobarde padre adoptivo Lamb por toda compañía. Pero Lamb también tiene sus propias cuentas por ajustar… El viaje por las áridas llanuras, marcado por viejas hostilidades, duelos y matanzas, los conducirá a un enfrentamiento con los Fantasmas. Peor aún, les obligará a aliarse con Nicomo Cosca, infame soldado de fortuna, y su abogado Temple, dos hombres de los que nadie debería fiarse.

La Legión Perdida



Autor: Santiago Posteguillo
Edición: Planeta
Páginas: 1152
Año de publicación: 2016


En el año 53 a. C. el cónsul Craso cruzó el Éufrates para conquistar Oriente, pero su ejército fue destrozado en Carrhae. Una legión entera cayó prisionera de los partos. Nadie sabe a ciencia cierta qué pasó con aquella legión perdida.
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