Silencios


Por todas partes había hombres arrodillados pidiendo clemencia, jóvenes muriendo con el recuerdo aún fresco de la eternidad prometida por sus generales. El caos lo dominaba todo. Guerreros con antorchas irrumpían en residencias acabando con toda forma de vida a su paso. El lamento de los varones, poesía para los oídos de sus enemigos, pronto fue acallado por los gemidos lastimeros de las féminas. La rendición de éstos, que tan seguros empuñaron sus aceros, dio paso a escenas que ningún padre, marido o hijo desearía tener que ver: mujeres medio desnudas, huyendo de los salvajes que más tarde las tomarían a la fuerza. Pendencieros de capa roja convertidos en meros saqueadores. Prosaicos violadores que no dudarían en arrancar las lágrimas de madres indefensas, muertas de miedo, obligadas a ver como sus hijas eran tomadas por hombres sin alma una y otra vez.

Silencios y culpabilidad




La brisa acarició su rostro y besó sus labios, apenas una caricia que perturbó su sueño y lo devolvió al mundo de los vivos. Yacía desnudo en el catre, con los fuertes músculos cubiertos de sangre, acribillados por las cicatrices de toda una vida de guerra. La sábana de lino que lo protegía de la noche del desierto se adaptaba a su cuerpo, comulgando en perfecta armonía con su anatomía, siguiendo cada línea con delicada exactitud. Su miembro viril se hallaba erecto, duro como el de un cachorro en el burdel más recóndito y sucio del Imperio. Era un hombre en la plenitud de la vida, severo como los desiertos que lo habían visto guerrear. A pesar de todo, no dejaba de ser un pendenciero que había dejado atrás los mejores años de su existencia. Un Duelista de Ulula al que le costaba reconocer que le era imposible seguir el paso de sus hombres más jóvenes al cabalgar.

Camorristas: Descalzos



Estoy esperando a mi coleguita Sergio en el banco de la plaza, viendo a las gatitas folloneras de nuca rapada de mi barrio pasar.
A estas felinas de rostro angelical les crecen antes las tetas que los dientes, y se mueven como fulanas pese a que ninguna de ellas es mayor de edad. Las muy guarras se exhiben por ahí medio desnudas, enseñándolo todo sin ningún pudor, como si uno fuese de piedra y pudiese controlar sus erecciones. Joder, pero qué ricas están. Empiezo a notar algo de inquietud en la entrepierna, sobre todo ahora que ha llegado esa gatita cachonda de Ana. La muy guarra tiene un buen polvo y tal, aunque no le llega a la suela del zapato a mi Soledad. Se encuentra a años luz de ella y una y otra juegan en divisiones distintas, así que no se pueden comparar. En fin, tío, no soy dueño de mi persona y así están las cosas para ella; aunque será mejor que el jodido Sergio se vaya dando prisa, por el bien de su chochete, o en este puto lugar habrá un jodido follicidio de esos que hacen historia.

Camorristas: Descalzos 

La Artista y el Literato



Dejas escapar las primeras notas, con una voz extraña a la par que conocida para mí, y, cuando aún no me he recuperado de la sorpresa, miras a cámara y haces que contenga la respiración. Entonces lo veo claro; estoy en lo cierto, porque es algo que está ahí, es palpable y hasta el más ignorante de los humanos puede percibirlo: derrochas energía. Noto toda esa fuerza que pareces canalizar con tus manos, con esos movimientos lentos y estudiados, y me siento pequeño. Necesito varios segundos para descubrir que se me ha olvidado respirar. Necesito de ese tiempo para volver a ser yo

El Bambino de Oro



Oigo descorrerse el primero de los cerrojos y el corazón me da un vuelco. Alumbrado empieza a pugnar con el segundo, que nunca ha abierto a la primera, y me dan ganas de decirle que lo quiten de una puta vez, que sólo sirve para tocar los putos cojones, pero me controlo porque no quiero que este menda advierta mi debilidad. En realidad, ni que decir tiene, no deseo que la olfateen ni este ni ningún otro cabrón de los cojones.
—¡Hay que joderse con el freno a fondo!
Escucho decir al pobre Al, rabioso que te cagas con el cerrojo de marras. Y no puedo evitar pensar que la expresión utilizada, además de ser extraña de la hostia, es completamente nueva.
—Su puta madre, joder…
Tras una lucha sin cuartel, el cerrojo cede y la puerta se abre apenas dos palmos, permitiendo que el techno machacón de un carro se cuele por la hendedura, toda vez que el sol baña con su luz el suelo acribillado del aciago y hediondo local.
—¡Cuanto tiempo, mío amigo!
Llega a mis oídos ese acento de mierda, asqueroso hasta decir basta, y se me revuelve el estómago. Nunca me han gustado los italianos, los odio; aunque, para ser sincero, odio por igual a todo el jodido conjunto que da sentido a la palabra humanidad: moros, negros, chinos, gitanos, payos, quinquis, putas, macarras, maricas, punkis, skinhead, niños de mamá, niñas de papá, a la jodida izquierda llorona, a la jodida derecha prepotente y rancia, aunque mucho hijoputa, arbitrariamente, me tilde de nazorro por eso de haber servido cuatro años en los paracas y tal. Como si a mí me importara algo. Me la pela porque así están las cosas… 

Camorristas: El Bambino de Oro
 

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