Prisco es quien Paga




Un año antes del asedio
Baros de Caria hizo a un lado su copa de vino e inclinó el cuerpo para poder ver mejor a Prisco, que desplegaba una vez más toda su habilidad en la arena del gran anfiteatro de Canae. Mientras una esclava se encargaba de masajear sus hombros, otra se ocupaba de llevar trocitos de jabalí en salsa a su boca; sin embargo, por placentero que pudiese resultar semejante trato, la presencia del de Caria en la urbe difería mucho de lo que él consideraba un viaje de placer.
Baros palmeó el trasero de una de las chicas y volvió a remojar el gaznate en aquel vino que su anfitrión, Calixto Vetusto, gobernador de aquella provincia del Imperio, tan bien conocía. Calixto no dejaba de sonreírle desde su sillón, especialmente cuando el acero del gladiador de gladiadores lamía la protección de alguno de sus rivales o desbarataba algún ataque, y al duelista no parecía hacerle ni pizca de gracia tener que contemplar su oronda barriga subiendo y bajando tras cada carcajada. De hecho, de no ser por lo delicado de su misión, pues se rumoreaba que Canae se hallaba al borde de la sedición, Baros jamás se hubiera dejado ver en público con un tipo de la calaña de Vetusto.  
—Vuelve a repetírmelo una vez más —dijo Vetusto con una sonrisa en los labios. Baros reprimió un bufido.
—¿Qué puedo decirte? La guerra con Norsia obliga a los Césares a subir los impuestos, una vez más. A partir del mes próximo las rentas sufrirán un incremento a tener en cuenta. Con todo, dado que vuestra provincia es la que más beneficios aporta al Imperio, Bregan en persona me ha asegurado que podrás adquirir esclavos a mitad de precio. Cuando todo esto termine, me encargaré de que Canae y su regente sean recompensados por sus servicios al Imperio.
Esta vez fue el turno de Vetusto de reprimir un bufido.
—¡Morralla! —bramó sin lograrlo—. Esos esclavos de los que el César habla no son más que morralla. Apenas sirven para apilar mierda. ¿Cómo pretenden Dow y Bregan que dirija este distrito si no hacen más que sangrarme? 
—Canae se debe al Imperio, no lo olvides. Además, órdenes son órdenes —dijo Baros con aire despreocupado.
Vetusto volvió a sonreírle e hizo un gesto con la mano indicando que comprendía la posición en la que se hallaba. Ambos varones iban desarmados y vestían sendos quitones de lino blanco, aunque el de Vetusto, a diferencia del de su colega, se hallaba salpicado de restos de comida por todas partes. Los ojos del gobernador se apartaron un instante del duelista para clavarse, haciendo gala de una inteligencia fuera de lo común, en los de la muchacha que masajeaba a Baros, que, como si supiera leer en la mirada de su señor, rellenó la copa del oficial y comenzó a besuquear su cuello.
—¿Habrá algo que se pueda hacer al respecto, no crees?
—¡Pagar, Calixto! ¡Eso es cuanto se puede hacer!
A Vetusto no le interesaba enemistarse con Baros, pues hacerlo significaba ponerse a malas con Bregan y Dow, o lo que era lo mismo, declarar la guerra al Imperio. Entendía que un individuo satisfecho, en la mayoría de los casos, siempre se mostraba más conciliador en las negociaciones que uno que no lo estaba. Y aunque Baros aparentaba ser un hueso duro de roer, no dejaba de ser un hombre al fin y al cabo. Vetusto creía conocer a los de su especie, sabía que todo el mundo, sin excepción, tenía un precio. Y él estaba dispuesto a averiguar el de Baros si con ello lograba que nada ni nadie alterase el curso de la provincia que dirigía.
—Las minas apenas cubren las necesidades de la ciudad, además, los impuestos son cada vez más abusivos —dijo Vetusto, que ignoró por completo las palabras de Baros—. ¿De dónde pretenden los hermanos que saque el dinero…?
—Precisamente, para tu provecho, ya he pensado en eso —cortó Baros. El duelista detuvo la mano de la muchacha, que se hallaba enterrada en el interior de su quitón, e ignoró el olor de la saliva que ésta había dejado en su siempre bien afeitado cuello—. En los próximos meses, Dow pondrá en marcha la construcción de una nueva flota de guerra. ¿Y sabes quién será el encargado de dicha tarea? Pues ni más ni menos que Santos Vega, el gobernador de Stirlin. A lo que se ve Dow ha hecho suyo el viejo sueño de Jaca y quiere recuperar los territorios perdidos en la antigüedad.
—No me digas…
—Parece que no hay vuelta de hoja. Es cuestión de tiempo acabar con Norsia y que nuestras legiones marchen al este, de ahí los impuestos. Puedes talar los árboles de la región y vendérselos a Santos Vega. Además, Prisco paga parte de tus deudas. —En esos momentos, el gladiador de gladiadores decapitaba a uno de sus oponentes y hería de gravedad a otro—. Será suficiente para salir adelante.
—También se folla a nuestras mujeres —dijo Calixto.
«Igual que ese emperador paladino amigo tuyo», le hubiera gustado decirle al oficial de la Orden Duelista.
—¡Por Kasei supremo, no seas quisquilloso! —exclamó Baros, acariciándose el cabello oscuro recién cortado, por el que de forma inevitable empezaba a asomar alguna hebra grisácea—. Qué más te da cómo se divierten las patricias de Canae. Además, ¿cuánto sacas tú de esas orgías? Son los hombres como Prisco quienes pagan todo esto. —El oficial alzó su copa de vino e incluyó a las fulanas en la ecuación.
Vetusto asintió con parsimonia, acto seguido, se hurgó la boca con los dedos y escupió un trozo de fruta que logró sacarse de uno de los huecos de las muelas. Era evidente que su estrategia no estaba dando ningún resultado. Tenía la incómoda impresión de haberse equivocado con Baros.
—Está bien —dijo el cacique con esa sonrisa que tanto detestaba el paladino—. Está bien —volvió a repetir. Pero a Baros le bastó una ojeada para saber que nada estaba bien.
—¿Qué ocurre? —interrogó.
Vetusto no contestó de inmediato. En su lugar, el jefe supremo de Canae se dedicó a observar las fintas de Prisco.
—¿Y si no pago? ¿Y si me niego? —dijo al fin.
Baros de Caria, lugarteniente de Bregan de Chatillón, clavó aquella mirada profunda de ojos azules en Vetusto.
—¡Nunca te enfrentes al Imperio! ¿Me oyes?
Vetusto percibió que había tensado demasiado la soga. Así con todo, al no estar acostumbrado a que nadie le dijese qué podía y qué no podía hacer, su petulancia habló por él.
—¿Acaso pensabas que me iba a dejar desplumar con tanta facilidad? ¡Dow no es más que un bruto! ¡No le temo! ¡Y tampoco temo a Bregan! ¡Ellos no son como Jaca! ¡Son sólo un par de sabandijas que quitaron a su padre del medio para repartirse el Imperio! ¡Yo escupo sobre sus efigies!
—¡Escúchame bien, mierda con ojos! —vociferó Baros. El oficial apartó a la meretriz de un empellón y ésta dio con sus huesos en el suelo—. ¡No sabes de qué cojones estás hablando! —Vetusto abrió mucho los ojos antes de llevar su mano al lugar donde debería reposar su acero, sólo que ahí no había nada—. ¡Te he ofrecido un trato justo! ¿Crees que me gusta arrastrarme hasta esta letrina que tú llamas hogar? —Baros señaló la arena, donde Prisco acababa con su último adversario—. Podría quitarte la vida aquí y ahora por lo que has dicho. Paga si no quieres que abra tu enorme barriga y alimente con tus tripas a los buitres.
Vetusto escuchó la amenaza con incredulidad.
Sin duda no estaba habituado a que nadie le hablara así. Fue tan grande su sorpresa que, por un momento, estuvo tentado de ordenar la detención de Baros; incluso se le pasó por la cabeza que éste luchase contra Prisco. No obstante, sabía que si daba esa orden era hombre muerto, ya nada lo libraría de la ira de Bregan, y mucho menos de la de Dow. Éstos lo enterrarían vivo y orinarían sobre su tumba.
—Bajo tu gobierno, esta provincia ha florecido y ambos os habéis convertido en una parte importante del Imperio, pero no te confundas, Vetusto. Nadie es indispensable. Los Césares desean que esta relación siga así por muchos años, de modo que tú decides. ¿Marcho de Canae despidiéndome de un gobernador imperial, o por el contrario lo hago haciéndolo de un enemigo del Imperio?
Justo cuando Vetusto iba a pronunciarse, la voz del declamador del anfiteatro anunció la salida a la arena de Aixa, la gladiatrix llegada de la salvaje Norsia. Baros desvió la mirada un segundo para descubrir la figura de una fémina menuda pero bien formada, la cual iba equipada con una espada de hoja recta y un escudo como los que usaban las falanges del Imperio. La estudió con detenimiento y no pudo evitar sorprenderse al descubrir que su rival era un guerrero enorme de la ciudad de Trivia. Un luchador contra el que la muchacha no tenía ninguna oportunidad. El oficial consideró injusto el emparejamiento, sin embargo, él no era quien ponía las reglas del juego que se jugaba en Canae.
—¿Y bien? —preguntó sin dejar de mirar a Aixa.
La gladiatrix permanecía inmóvil, a escasa distancia de su contendiente, que comenzó a trazar un círculo vacilante sobre ella. Para sorpresa de Baros, el trivio se mostró especialmente cauteloso. Aquella luchadora poseía algo que llenaba de terror a su rival. Necesitó algunos segundos para descubrir su error. Nunca había sido de los que se dejaban llevar por las apariencias. Sin embargo, aquella joven de cabellos rojizos lo había confundido desde un principio. Estaba ponderando el hecho cuando, con una velocidad que nunca antes había visto, Aixa hizo silbar su hoja y su adversario cayó de rodillas herido de muerte. Los vítores llegados de la grada arrancaron a Vetusto de sus ensoñaciones. No pasó demasiado tiempo antes de que una procesión de nobles desfilara por el palco con la intención de abonar el oro que acababan de perder con aquel combate; gesto que no pasó inadvertido para Baros, pues al parecer no sólo los hombros de Prisco sustentaban la urbe
—¿Y bien? —preguntó de nuevo un Baros sorprendido por lo que acababa de ver en la arena.
Calixto asintió una sola vez, pronunciando en un susurro ahogado una sola palabra: aliados.
Baros apoyó la mano derecha en el hombro de Vetusto.
A un gesto de éste, una de las esclavas se apresuró a llenar la copa del de Caria, que recobró la compostura y bebió con gana de aquel brebaje que hacía perder la cabeza a los hombres. Desde la arena, Aixa saludaba de forma marcial a un Vetusto que no solo había perdido el habla, sino también su habitual arrogancia. Era insólito lo rápido que la atleta había acabado con su oponente, apenas un suspiro y el trivio yacía sin vida en la arena. Baros alzó su copa para dedicarle un brindis de reconocimiento, al que ella correspondió con una sacudida apenas imperceptible de cabeza. «Sexo, vino y arena»,  pensó el oficial mientras se acariciaba el cabello. Daba gusto sentirse vivo.

Ululos y Paladinos



El remordimiento siempre llega primero. El resto es dolor.
Ricardo de Bouillón sintió un vacío atroz al recordarlo: había matado a su hermano con su propia hoja. Al principio pensó que hallaría paz, pero pronto comprendió que aquel fantasma le perseguiría sin descanso durante toda la vida.
Desde las almenas, Ricardo contemplaba los bosques de roble y abedules que envolvían la ciudad de Palaós. A su derecha, serio, con la capa roja que vistiera en infinidad de contiendas, su fiel amigo Andrés de Montbard veía al ejército del emperador Dow de Chatillón tomar posiciones. Cerca, Bolwar el Cazador terminaba de tensar su arco.
—¡Ricardo! —aulló Andrés de Montbard por encima del hombro—. ¡Tu hermano Dow y su ejército de hijos de perra ya están aquí! —Las palabras del oficial atrajeron un tropel de miradas, principalmente de la soldadesca, cuya inquietud pronto se convirtió en un murmullo imposible de acallar—. ¡Dow no sólo ha traído a todos sus efectivos! ¡Al jodido estandarte de Ulula se une el de Drakkar y el de Eneas, pero no veo a ninguno de los dos adalides! —El duelista escupió por la almena y maldijo su mala suerte con impotencia—. ¡Sabía que ese juicio de mierda nos traería problemas! ¡Desde que ejecutamos a Bregan, nuestra estrella brilla menos que la de una fulana de embarcadero!
Bolwar se mordió el labio inferior y echó un vistazo por el merlón. El día había amanecido despejado, un aroma a pan recién cocinado, entremezclado con mierda de caballo y meados que eran arrojados desde las ventanas, reinaba en la capital: algo que para muchos paladinos significaba una mañana perfecta para la guerra. Incluso el arquero, a pesar de no ser natural de Palaós, lo creía así. El sol brillaba con tanta fuerza, la claridad de la jornada era tal, que desde donde se encontraba podía ver el brillo de las aguas del río Yaniracocha, pero también el de las lanzas de un enemigo cuyo número no dejaba de crecer. Sin duda un buen escenario para pasar a la historia perdiendo la vida.
—Drakkar está a la derecha de Dow —indicó el cazador a un Andrés muy intranquilo. Ricardo proseguía escrutando los salvajes bosques con aquellos ojos grises cual tormenta de verano. Llevaba el largo cabello recogido y su barba lucía desalineada; igual que la coraza negra que protegía su pecho y la capa roja que cubría sus hombros. El recuerdo de la muerte de su hermano Bregan, a quien él mismo había decapitado por participar en el asesinato de su progenitor, martilleaba su cabeza con la violencia con la que un herrero atacaría su yunque. Y para colmo ansiaba con todas sus fuerzas echarse un trago de lo que fuese al coleto.
—¿Dónde? —dijo Andrés, entrecerrando los ojos.
—A la derecha del emperador. Ya no luce la armadura de escamas de dragón que acostumbra. —Aquel dato hizo que algunos forzasen la vista al intentar ubicarlo—. Por eso no lo reconocimos. Desde aquí veo también el estandarte de la casa de Eneas, pero no al caudillo entre los presentes.
—Quizás no haya regresado de los desiertos —acertó a decir Andrés de Montbard. Bolwar lo observó pensativo.
—Es una posibilidad —indicó al fin—. La guerra que Dow ha mantenido en el este ha sido cruenta. Incluso su propia legión se ha visto mermada tras el choque. Quizá Eneas se halle entre los que perecieron. —El montaraz se mordió el labio inferior con saña y llevó su mano derecha a los ojos a modo de visera. Era un tipo enigmático del que se contaban mil historias, algunas más difíciles de creer que otras—. Baros de Caria tampoco ha querido perderse la función —apuntó. Aquello devolvió a Ricardo a la realidad, que no dudó un instante en situarse junto al bucólico.
—¿Es él? ¿Estás seguro…?
Baros de Caria, duelista de Palaós y lugarteniente de Bregan, había sido testigo de la muerte del César paladino. De hecho fue él quien, tras ser liberado por Ricardo, informó a Dow de la suerte que su hermano había corrido.
—Tan seguro como que me llamo Bolwar —dijo el arquero, y volvió a morderse el labio—. Se encuentra a la izquierda de Dow. Es el que monta el caballo blanco con los distintivos de la casa de Ulula. Será una linda velada.
Un silencio incómodo se apoderó de la fortificación.
—¡Se mueven! —ladró alguien amparado tras la celada de su yelmo, la voz sonó metálica y muchos no entendieron sus palabras hasta que el marcial las volvió a repetir.
En efecto, a extramuros, el ejército sitiador se ponía en marcha. Dos jinetes ataviados con la panoplia al completo se adelantaron al resto: eran Dow de Chatillón y su nuevo campeón, un luchador formidable cuyo nombre era temido y respetado a partes iguales. Ambos centauros recorrieron con parsimonia la distancia que los separaba de la capital, acto seguido, sofrenaron sus monturas y descabalgaron como si no estuviesen siendo vigilados por un millón de ojos; fue entonces cuando Chatillón se arrancó el yelmo de la testa y desafió a muerte a quien hasta hacía poco había llamado hermano; a pesar de que por las venas de Ricardo no corría la sangre de la casa Chatillón, pues todo el mundo sabía que tras la muerte de su padre, de Bouillón, que tan sólo contaba con cinco años de edad, había sido adoptado por Jaca de Chatillón, padre de Dow y de Bregan. El cual no dudó en atender las necesidades del pequeño como si de uno de sus propios hijos se tratase. Ya a la edad de ocho años, como era costumbre, Ricardo fue instruido como miembro de la Orden de los Duelistas; una antiquísima hermandad de guerreros cuyo cometido consistía en defender las fronteras imperiales de la amenaza bárbara.
—¡Ha solicitado combate singular! —dijo Bolwar.
El sonido metálico de una espada golpeando en su vaina, sumado a la urgencia de la guardia por bloquear el acceso al adarve, hizo que Ricardo y el resto volviesen la mirada. Una mujer menuda de cabellos rojizos, pero con el mismo aspecto bélico que los presentes, irrumpió en la almena aullando lo que de Bouillón y sus hombres ya sabían: el marcial que acompañaba a Dow no era otro que Prisco, el gladiador de gladiadores. Un antiguo legionario que, tras ser acusado de traición, había dado con sus huesos en la arena, también denominada gallería. Cómo Prisco había acabado al servicio de Dow era un misterio que sólo Aixa, la guerrera de cabellos rojizos, conocía. Pues no en vano ambos habían compartido la misma suerte en el pasado: la arena del anfiteatro.

   

A mediodía, las puertas de Palaós se abrieron.
Ricardo de Bouillón atravesó el Campo de Kasei con decisión, el mismo en el que tantas horas de orden cerrado había realizado con la legión que poseía el nombre de su hermano Bregan: la XI Lobuna Bregatix. El guerrero iba ataviado con la coraza negra y la capa roja de la Orden de los Duelistas, además del broche en forma de cimitarra que lo identificaba como oficial. Dow aguardaba unos pasos por delante. El emperador, con sus dos metros de alzada, cabello largo y barba igual de poblada, también lucía el blindaje de la hermandad. Prisco, acatando órdenes de Chatillón, había regresado con el grueso del ejército.
—¡Creí que no saldrías nunca, Ricardo!
No fueron palabras de menoscabo, ni mucho menos. Dow de Chatillón, que sólo unos instantes había desafiado a Ricardo, poseía el rostro relajado y una sonrisa dominaba sus labios, a pesar de lo sucedido en los últimos tiempos: primero la muerte de su padre, de la que él y su hermano Bregan hubieron de demostrar su inocencia ante un tribunal de la Santa Sede; después su propio hijo Sinaé, asesinado por unos rufianes de taberna, y para rematar Bregan, irónicamente ejecutado por su hermano adoptivo.
Ricardo saludó al emperador ululo con una sacudida de cabeza. Un viento procedente del este, apenas una ráfaga, elevó la capa del duelista revelando que había acudido a la cita desarmado. El detalle no pasó inadvertido para Dow.
—¡No he podido salir antes!
—¿Y qué o quién te lo impedía?
—¿De veras quieres saberlo?
—¡Ardo en deseos! —exclamó Dow con una sonrisa.
—¡Andrés de Montbard! —soltó Ricardo. Dow asintió animado, incluso se permitió ampliar la sonrisa.
—¿Está ese malhablado de Montbard contigo?
—¡Así es!
—Debí imaginarlo —manifestó el emperador. Ricardo creyó detectar un deje de celos en su voz—. Juraría haber escuchado una salva de groserías al acercarme a la almena. ¿Qué se cuenta ese lenguaraz? ¿Acaso no desea verme?
—Cree que sería mejor que machacasen sus pelotas con dos piedras a poner un pie fuera de la ciudad. Tal cual.
—Veo que no pierde facultades. Te diré una cosa: ya no quedan hombres leales como Andrés, Ricardo.
—Ya no quedan hombres leales sin más.
—Estoy de acuerdo. Parece que hayan pasado mil años desde que la vieja guardia desapareciera. Sólo quedamos nosotros, a caballo entre lo antiguo y lo nuevo. Y hoy uno dejará el mundo. ¿No te parece irónico, hermano?
Ricardo se miró las manos desnudas y guardó silencio. Tenía los labios agrietados y sus ganas de echar un trago iban en aumento: aquel hecho sí que le resultó irónico. Ni siquiera en presencia de su emperador y hermano era capaz de pensar en otra cosa que no fuese el vino.
El instante de mutismo se reveló tan feroz, que terminó convirtiéndose en un monstruo igual de dañino para ambos.
—¿Por qué lo hiciste? —era evidente que Dow se refería a la ejecución de Bregan. Hacía, por lo menos, un siglo que su sonrisa se había esfumado de su rostro granítico, dando paso a aquel gesto que solía hacer cuando empezaba a perder los nervios: acariciarse la barba enérgicamente.
De repente, Ricardo sintió la necesidad de dar un paso atrás, sabedor del nulo autocontrol de su hermano mayor.
—¡Habla…!
—¡Ya conoces la respuesta! —A juzgar por la cara que puso Dow, ésta no fue de su agrado—. Juré que, tarde o temprano, Bregan y tú pagaríais por el asesinato de padre.
—¡Te dije que no tuvimos nada que ver con eso!
—¡Y tú deberías saber que Robert Balian está aquí, conmigo! —hablaba del templario que juzgó a Bregan.
Una vena se hinchó en la frente del emperador, que desvió la mirada hacia su montura en busca de Inexorable, su hacha, mientras se palpaba la barba de forma frenética.
—¡No me amenaces! —rugió el César entre dientes, apenas sin poder contener la saliva saliendo de su boca.
—¡Pareces haber olvidado que te sorprendí en la tienda de padre la noche que murió. ¿Qué demonios hacías ahí?
—¡Estás persiguiendo sombras, Ricardo! ¡Me viste en la tienda de padre porque, igual que tú, desde que fue herido acudía todas las noches a hacerle compañía! ¿Acaso hay algo de extraño en que un hijo se preocupe por su padre? ¡Creíste ver algo que no sucedió! ¡Le amaba! ¡Por Kasei y todos los dioses! ¿Cómo tengo que decirte que no lo maté?
Ricardo recuperó su habitual estado de mutismo. La pasión con la que su hermano había hablado terminó por desconcertarle. Además, pensó que no tenía ningún sentido que Dow le mintiese. Las palabras de su hermano parecían sinceras, de hecho eran las más sinceras que de Bouillón había oído nunca de boca del emperador ululo. Aquello mordió como un lobo su corazón. Por un momento se preguntó si, tal vez, había cometido un error. Trató de olvidar las palabras que Baros de Caria le había dedicado antes de dejar que su espada saciase su sed con la sangre de Bregan, pero fue inútil: «Arderás en el infierno por esto», las recordó de nuevo. Las recordó y en esa ocasión pensó que el de Caria estaba en lo cierto. Le esperaba el infierno. Pero antes deseaba un último trago.
—¿Y ahora qué? —preguntó fingiéndose intrigado.
Dow lo ojeó de soslayo. Le hubiese gustado poder decir que ya había corrido demasiada sangre, que debían olvidar lo sucedido y marchar cada uno por su lado; sin embargo, aquello, simplemente, era imposible. La sangre con sangre se pagaba, había sido siempre así y lo seguiría siendo.
—Ahora pelearemos y seré yo quien acabe con tu vida.
—¿Qué ocurre si sales vencedor? —preguntó el duelista. 
—Lo sabes a la perfección —fue la respuesta de Dow—. Respetaré la vida de todos y cada uno de tus hombres, incluso la de Bolwar. Todo aquél que se halle en Palaós, aun habiéndose levantado en mi contra, será perdonado.
—Me parece sensato. ¿Y si mueres? —Ricardo conocía la respuesta, pero necesitaba calibrar sus opciones. 
—Si hoy muero alguien ocupará mi sitio, de eso puedes estar seguro. Estoy aquí para cerrar el círculo. Si pierdo, Prisco me remplazará, y si él lo hace alguien le seguirá. Así hasta que dejes de respirar. ¿Ves eso? —Dow señaló su ejército—. Han venido para llevarse tu cabeza a Ulula clavada en una pica. No se conformarán con menos. Si tienen que arrasar la ciudad lo harán, créeme.
De Bouillón lo tuvo claro: vencer significaba morir, perder también equivalía a morir. De modo que era absurdo condenar al resto cuando la solución era tan fácil.
Había esperado una reacción más airada por parte de su hermano, en cambio, por extraño que le resultase, Dow controlaba sus ansias de destrucción y se ceñía con escrúpulo a las reglas de la caballería; tal vez sólo por eso merecía ser el vencedor. Los zarpazos que la vida había ido descargando en su espalda lo habían hecho madurar. Ya no era el bruto que hacía oscilar a Inexorable antes de entrar en combate, nada quedaba de aquél que perdía los nervios y se lanzaba a la batalla sin calibrar las consecuencias. En los ojos del hombre que de Bouillón tenía delante, carentes de vida como el alma putrefacta de un nigromante, podía leerse el dolor por la pérdida de un hijo; rabia contenida. Ricardo sintió compasión por Dow, pero también sintió pena de sí mismo. Pues, con el asesinato de Bregan, había atravesado una línea imposible de volver a rebasar.
—¡Será al anochecer! —escupió Ricardo, y decidió que esa noche no habría botella—. ¡Con Miedo y Terror, las lunas gemelas que gobiernan nuestros cielos, como testigo! ¡Que Kasei otorgue fuerza a nuestro brazo y conceda furia a nuestro filo, que al marchar de este mundo lo hagamos con la dignidad que se espera de nuestras casas!
Dow no pudo evitar sentir una punzada de orgullo al escuchar a su hermano. Estaba seguro que, sucediese lo que sucediese, algún día volverían a reunirse en los salones de Kasei. Entonces todo volvería a ser como antes. Comerían y beberían hasta caer desmayados. Cabalgarían juntos a lomos de radiantes monturas y juntos devastarían el mundo que el gran dios dispondría para ellos.
—¡Que Kasei conceda la victoria a su preferido y que los bardos ensalcen la bravura del derrotado! —dijo Dow.
Ambos adalides trabaron sus antebrazos  y se fundieron en un abrazo. Miedo y Terror los vieron crecer juntos, y juntas contemplarían su final.

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