El Bambino de Oro



Oigo descorrerse el primero de los cerrojos y el corazón me da un vuelco. Alumbrado empieza a pugnar con el segundo, que nunca ha abierto a la primera, y me dan ganas de decirle que lo quiten de una puta vez, que sólo sirve para tocar los putos cojones, pero me controlo porque no quiero que este menda advierta mi debilidad. En realidad, ni que decir tiene, no deseo que la olfateen ni este ni ningún otro cabrón de los cojones.
—¡Hay que joderse con el freno a fondo!
Escucho decir al pobre Al, rabioso que te cagas con el cerrojo de marras. Y no puedo evitar pensar que la expresión utilizada, además de ser extraña de la hostia, es completamente nueva.
—Su puta madre, joder…
Tras una lucha sin cuartel, el cerrojo cede y la puerta se abre apenas dos palmos, permitiendo que el techno machacón de un carro se cuele por la hendedura, toda vez que el sol baña con su luz el suelo acribillado del aciago y hediondo local.
—¡Cuanto tiempo, mío amigo!
Llega a mis oídos ese acento de mierda, asqueroso hasta decir basta, y se me revuelve el estómago. Nunca me han gustado los italianos, los odio; aunque, para ser sincero, odio por igual a todo el jodido conjunto que da sentido a la palabra humanidad: moros, negros, chinos, gitanos, payos, quinquis, putas, macarras, maricas, punkis, skinhead, niños de mamá, niñas de papá, a la jodida izquierda llorona, a la jodida derecha prepotente y rancia, aunque mucho hijoputa, arbitrariamente, me tilde de nazorro por eso de haber servido cuatro años en los paracas y tal. Como si a mí me importara algo. Me la pela porque así están las cosas… 

Camorristas: El Bambino de Oro
 

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