Camorristas: Caretas de Marco Antonio

Algunos pensamientos no dejan de ser curiosos y absurdos al mismo tiempo. Por eso creo que lo que ocurre dentro de nuestra sesera, la mayoría de las veces, no es ni medio normal. Porque es en los jodidos momentos chungos que te cagas de verdad, esos en los que luchas a brazo partido contra el agua enfurecida del océano, cuando la muy hija de puta te dice hasta luego y se va de jodidas cañas con el puto Judas Iscariote.
No hace mucho, tirado en mi casa y tal, vi un documental en la puta tele, uno de esos de griegos que se daban por el jodido puto culo y luego se iban a hacer la guerra. Precisamente es de esto de lo que estoy hablando: me encuentro en el escenario del crimen, en el puto lugar de los putos hechos, más que dispuesto a recuperar mi cocaína, y no dejo de pensar en el puto Filípides, el cabrón que corrió desde Maratón hasta Atenas para informar a los aterrorizados griegos de la victoria sobre el ejército persa.
¡Mierda! Pero qué cojones me importa a mí lo que el cabrón de Filípides hiciera en su jodido puto tiempo libre. El mío lo empleo como me sale del rabo, ni que decir tiene. Así que tengo los putos ojos clavados en el maldito portal, tan fijos que tardo un tris en darme cuenta de que un jodido propagandas ha hecho su movida, y sale pitando de ahí calle abajo cagando leches.
La puerta se cierra y yo me quedo como atontado.
No me gusta trabajar bajo puta presión, en realidad no me gusta trabajar y punto. Un barrendero arrastra con su escoba trozos de plástico blanco y algunos fragmentos de lo que fue la luz de freno de una pedorreta. Me levanto de un brinco y cruzo la calle, porque la cadencia de boga de la escoba de este menda, atrás, adelante, amenaza con trasportarme a otro puto tiempo.
—Buenos días, don Ramón.
El hijoputa ha hablado pero no le he visto mover la boca.
El tal don Ramón le da una palmada en la espalda, y se frota las manos como si el basurillas fuese a contagiarle el puto sida; después saca una llave color oro del bolsillo y la introduce con elegancia en la cerradura del portal: una sensación de bienestar me invade y sonrío como un tontaina: el puto Indiana Jones está a punto de recuperar la puta droga perdida. Todo en mi interior es fiesta gansa. Hasta mi puta polla se ha enterado de la movida y quiere unirse a la jodida fiesta.
Llevo puesta la careta de buen tío, de jodido puto primaveras amante de la vida, por eso don Ramón de los cojones me saluda cuando sujeto la puerta para que entre, y no me bloquea el paso. Todo el estrés acumulado en las últimas horas, toda esa materia oscura que devora mi ser, que muerde mi ánimo con mandíbula de acero, ha quedado atrás; lejos, aunque no lo suficiente como para no percibirla, ni que decir tiene. Me siento como un puto marine americano recién llegado a Irak: prisionero del temor a la muerte; avergonzado por permitir que pensamientos así visiten mi cabeza; exultante ante la perspectiva de someter un territorio que tantos otros intentaron sin éxito; cachondo perdido.
Me muevo con la determinación de un caballero templario al que han ordenado tomar Tierra Santa en nombre de Cristo. Con el furor desenfrenado de la carga de caballería que hace temblar el puto suelo, mientras las bestias lanzan terrones de barro por el aire con sus poderosos cuartos traseros. Soy el puto Alejandro Magno en la batalla del Gránico, y nada ni nadie se interpondrá entre mi puta droga y yo. Soy… soy un mierdas que ha dejado tirado en un hospital a su mejor amigo. Abandonado a su suerte.
Por esa razón soy incapaz de pronunciar su jodido nombre, ni siquiera en mi cabeza. Y quiero, necesito y deseo con toda el alma, pensar que él habría hecho lo mismo; pero sé bien que no es así porque su naturaleza no es tan oscura como la mía, porque él no ha sido mordido por la crueldad, la indiferencia, la jodida y puta envidia que rige y alimenta mi vida. Digo esto porque empiezo  a sentirme desesperado. Pero es por su culpa, no por la mía. A tomar por culo con todo. A tomar por culo don Ramón, que antes de largarse en el ascensor, el muy perro me ha mirado con fijeza como queriendo decir que no hay suficiente espacio para los dos. Que le jodan. Que le jodan a él y a todos los demás que son como él. Me importa un cojón, menos que nada. Voy directo a lo mío. Soy como las azafatas de esos putos programas de televisión, pero sin tetas ni culo, que abren baúles y regalan a los espectadores apartamentos en Benidorm. Abro el buzón. Mi buzón de la puta suerte. No encuentro nada. Miles de cristales, millones de diminutos cristales, aguijonean mi carne. Ocasionan daños que, más tarde, el jodido amo del Averno tratará de sanar meando en ellos. Pero no importa: para entonces estaré muerto.
Introduzco la mano en el buzón vacío, tan raudo que su filo muerde la carne de mi muñeca y comienza a sangrar: ¡Ahora soy el puto Jesucristo! Pienso en cómo acabó el menda y todo por culpa de una puta cena de empresa. Abro y cierro una y otra vez la puertecilla de la puta caja metálica, la responsable de que los bancos roben nuestro puto y jodido dinero, y no puedo evitar que escapen de mi garganta varias notas de llanto: lloro como una pobre puta a la que acaban de robar la hucha. Lloro como la pobre puta que soy. Abro y cierro el buzón, el agujero negro que ha puesto precio a mi cabeza al hacer desaparecer en algún otro universo mi puta droga, y en el jodido letrero que hay adherido a él, con una caligrafía exquisita, sigue diciendo lo mismo: Emilio Ordóñez Torrealba, Noveno B. Esto no tiene puta gracia, tío.
Siento dolor en mi cuerpo, los miles y millones de diminutos cristales haciendo su movida, para que el puto Stevie Wonder, con su desproporcionado pollón negro, pueda mearme a placer.
He sido sodomizado de buena mañana por un cantante negro.
Intento organizar mi mente. Porque ahí adentro sigue siendo Navidad y sus putos inquilinos no son conscientes de lo que está a punto de ocurrir: soy hombre muerto. ¡Prestad atención, joder! Si no pago a los rusos su puta pasta, soy puto hombre muerto. Esta vez la he hecho buena. Emilio Ordóñez Torrealba, el dueño del buzón, es el único que me puede salvar. Ese cabrón tiene mi maldita droga. Ha debido de cogerla él, ni que decir tiene.
Arranco la hilera de buzones de cuajo y enfilo escopeteado al ascensor. El afilado metal hace que mis dedos sangren, pero los ignoro. Llevo puesta la jodida careta de oficial nazi, porque he mandado a tomar por el puto culo la de buen tío y puto primaveras amante de la vida. Salgo del ascensor y cierro la puerta con sumo cuidado, dándomelas de profesional, igual que Chuck Norris en Desaparecido en Combate. El rellano está limpio que te cagas, quizá demasiado, y el contrachapado de pino de la jodida puerta del señor Torrealba, doble cerradura de seguridad y tal, indica que es un fulano con pasta. Hay un gran macetero en una esquina, con un enorme tronco de hojas verdes que caen en cascada, así que me alejo de la puerta y me acerco a él: me saco la polla sin pensarlo y empiezo a regar el tronco con mi manguera, sin olvidar las putas hojas; entonces escucho el estruendo de los cerrojos, los de don me llevo esta coca porque estaba en mi buzón, y aprieto el culo con fuerza para que el pis pase de placentero hilillo a chorro a presión…
—¿Pero qué cojones haces, chaval?
«Eso digo yo», pienso.  
Me doy la vuelta, aún con la polla en la mano, y me llevo la puta sorpresa de mi puta vida: la voz pertenece a un gigante que no tiene ni un pelo de tonto en la cabeza, un puto troll de las cavernas que viste el impoluto uniforme de la Policía Nacional.
Clavo los putos ojos en su camisa sin poder creerlo.
—Mierda…
—¡Contra la pared! ¡Vamos, vamos, no se te ocurra moverte, cabronazo! ¡Las putas manos donde las pueda ver! ¡He dicho las putas manos donde las pueda ver, joder!
Maldita mi estampa y maldita mi jodida puta suerte. Mira que es grande el mundo y tal, mira que habitamos unos cuantos en él, pues va y me toca bailar con este subnormal con complejo de puto Steven Seagal al que le ha dado con mi brazo.  
—Vale, tranquilo —digo, e intento poner las manos contra la pared, pero el cabrón me llavea el puto brazo derecho con fuerza, y a punto está de romperme la jodida articulación.
—¿Qué haces aquí, eh?
—Nada, jefe —digo…
—¿Qué haces aquí? —repite.
Ahora el menda estampa mi maldito careto contra el estucado del rellano, ladrándome en la oreja no sé qué mierda de drogas; pero, por algún motivo, como si el conocimiento hubiese vuelto a él, afloja la presa para que ponga las manos en la pared, cosa que hago cagando leches porque este hijo de puta va en serio.
—Bravo a Tango, ¿me recibes?
—Aquí Tango, adelante.
—Lo tengo…
«Lo que me faltaba: el puto agente Rabo con su inseparable jodido amante el puto agente Tanga. Menuda combinación».
Éste es uno de esos putos momentos que piensas que nunca llegará, pero lo ha hecho y me estoy cagando por la pata abajo.
La puerta del ascensor se abre y otro fulano, también vestido de uniforme, sale y viene directo a por mí: el puto agente Tango. El tío me pone la mano en la espalda y me empuja hacia delante; después, como no, patea mis jodidas Nike a placer con sus putas botas de mierda, lo hace para que abra las putas piernas.
—La has cagado, tesoro —me dice al oído.
—¡Yo no he hecho nada, me cago en la leche! ¡Esto es un jodido craso error! —Ambos se descojonan de mis palabras.
Estos putos fascistas de mierda se están partiendo la polla de risa a mi costa. En mi puto y jodido gepeto de mamonazo. 
—Vaya, vaya con el puto Homero…
Giro el cuello, con la intención de verle la cara a don putas manazas, pero agarra mi cabeza rapada, no sé cómo, y no me lo permite: siento la tentación de decirle que Homero era griego, que no tenía nada que ver con el puto Marco Licinio Craso, pero no abro la puta boca porque a nadie le gustan los putos listillos.
—Te gusta ocultar coca en buzones ajenos, ¿eh? —El menda habla cerca de mi oído en susurros, como un violador, bordando a la perfección su puta movida—. Ahora dirás que no es tuya, ¿verdad? Venga, muñequita, deja de hacerte la inocente y saca las uñas para que pueda darte lo tuyo.
Noto algo duro en mi culo, en mi virgen y hermosísimo culo, y empiezo a preocuparme de verdad: la porra del puto madero se desliza por mis jodidos pantalones, arriba y abajo, arriba y abajo, buscando con terca violencia la entrada a mi bombonera.
«Éste me lo revienta, joder».
—¡Pero qué coño! —«Menudo mariposón»—. ¡Oiga!
—¡Cierra el pico, cabronazo!
Es el otro menda, Bravo, con mi cocaína en la mano.
El hijoputa me cuenta que sabe lo del accidente de anoche, pero no puede demostrar que la mandanga sea mía, y mucho menos que la escondiera yo. Está dale que te pego con que será mejor que cante, que si le estoy vacilando, si se entera, su colega me romperá el culo con la puta porra. Yo me limito a decir puto nada; menos que eso, salvo en contadas ocasiones que cambio el puto discurso para hacerles saber que esto es un atropello, que mi único craso error ha sido entrar en el portal para mear. Ni que decir tiene que los hijoputas no creen una puta palabra. El cabrón puto Power Rangers de los cojones, viendo que no tiene nada que rascar, porque estos tíos no tienen una puta mierda, decide jugar su última y mejor puta carta, una chunga de verdad, para ver si suena la flauta por algún lado: me llevan detenido.
—Nos lo llevamos —lo oigo decir.
—Pero qué coño…
—Shhh… —El violador del portal sale en puta defensa de su compañero madero, completamente metido en el maldito papel, y me manda callar. Empiezo a hartarme de las mariconadas de este bastardo que tengo detrás. Entiendo que tenga que hacer su puta movida, de verdad, pero es que se está poniendo pesadito con la tontería, joder—. Cierra la boquita, o te abro el culo…
Con tanto alboroto y tal, empiezan a salir algunos vecinos de sus chabolas, preguntándose con curiosidad qué mierda ocurre.
Una mujer policía, motivadísima de cojones la muy cacho puta, acaba de llegar con un perro rastreador en busca de más mandanga; sin embargo, como sucede en las películas, al gordo hijoputa de su compañero parece tocarle los cojones ir con el puto chucho por toda la puta escalera, así que el mamonazo le encasqueta a los otros su puto curro: estos cabrones me pasean por toda la comunidad sin que les importe un carajo que todo el mundo me vea el careto.
«Nota mental para la próxima: a poder ser, sal meado de tu puta casa, joder. Déjate de capulladas de una puta vez y guarda, como es debido, la puta merca; porque uno no puede ir por ahí con toda la pelota dando el puto cante. Luego pasa lo que pasa».

-NKP-

Entro en jefatura con mis nuevos putos colegas: Bravo y Tango.
«Rabo y Tanga», con sus relucientes caretas de superpolis, saludan a un tipo tope mazado antes de tomar asiento en un banco sin respaldo próximo a la entrada: el figurín se acerca a nosotros, con visible sonrisa socarrona en los labios, y muestra a «Tanga» la portada del diario Marca, la cual el cabrón trata de ignorar porque el Real Madrid no pasó del empate con el Betis.
Justo delante, hay un gordaco sentado en una silla con los pies apoyados encima de la mesa. El menda tiene toda la puta pinta de ser el jefe, porque anda dándoselas de listo y diciendo un montón de jodidas chorradas sin sentido.
«Lonely Boy», «Kissing on the Phone», «My Way»… Paul Anka sí hace buena música, sin duda. «My Heart Sings».
Nada más oír semejante tontería, me entran unas ganas locas de meter baza y dejar bien claro que no hay artista más grande que el puto Juan Gabriel. Paul Anka, ¿en serio? Pero si el mono de la máquina de escribir de delante, venga a aporrear las putas teclas sin piedad, tiene mucho más ritmo que el Paul Anka ese.
Nada ganas con mentir-mejor dime la verdad-sé que me vas a abandonar- y sé muy bien por quién lo haces.
—«My Way» no es mal tema, tal y cual —escucho decir a un hijoputa larguirucho con un diente de oro—. Lo que ocurre es que ha sido versionado por todo Cristo y ha perdido parte de su atractivo, tal y cual. «Left My Heart In San Francisco» de Tony Bennett tampoco está nada mal, pero que nada mal, tal y cual.
«Tampoco estaría mal que te miraras en un espejo, so feo».
—En mi opinión…
—¡Cállate, Eusebio! —rugen al unísono el gordo y el alto.
El tal Eusebio: calvo, con gafas de culo de vaso y unas orejas de Dumbo que lo flipas, saca el dedo corazón a pasear y dice:
—Julio Iglesias no tiene nada que envidiar a ninguno...
«De qué hostias habla este marrano», pienso yo.
—Desde luego, tal y cual, pero no se pueden comparar.
—Viendo lo visto —interrumpe el gordo, cachondeándose de Eusebio en vista de la sonrisa guasona que baila en sus labios—, Bertín Osborne tampoco tiene nada que envidiarles, coño.
—No empecemos otra vez, joder.
Eusebio se ofende del puto carajo, tanto que hace amago de largarse a tomar por culo, pero su coleguita larguirucho le corta el paso y le echa el brazo por el hombro para tranquilizarlo.
—Tampoco es para ponerse así, hombre, tal y cual.
—Llevamos varias semanas con el jodido cachondeo, hostia. Decidme qué coño tiene de malo Bertín Osborne. A mí me gusta «Señora», siempre he pensado que mantiene un sobrio equilibrio melodioso y que la canción ha sabido envejecer bastante bien.
El puto gordaco, que parece no haberse dado cuenta aún de mi presencia, no puede evitar arquear ambas cejas con sorpresa.
—Joder de dios, a todo el mundo le gusta «Señora», pero por otros motivos, tal y cual. Dicho de otra manera: si en lugar de interpretarla Bertín Osborne lo hiciera el bajito de Torrebruno, incluso con la voz del mismo Sinatra, nadie le prestaría la más mínima atención, tal y cual. El tema es pegadizo, pero es al puto Bertín a quien las mujeres se comen con la mirada. ¿Qué dices, Nemesio?
El puto gordo asiente con la cabeza, sin dejar de mirar al pringado de Eusebio, al que están jodiendo la marrana a base de bien. Entonces va y dice el cabronazo de los cojones: 
—Creo que a tu «señora» le gusta mucho, ¿no? —Eusebio lo observa con semblante sumiso, y no puede evitar preguntar si se refiere a Bertín o a la canción—. Aunque el otro día no supo decirme de qué leches va la cancioncita, sólo hablaba de Bertín.
Toda la sala estalla en putas risas, incluso yo lo hago, pero con reserva. Estos mendas se lo están pasando de puta madre en horas de curro, y parecen mucho más divertidos y relajados que los mamones de Bravo y Tango, que no se apartan de mi lado.
—A tomar por culo —larga el ofendido—. No tengo por qué aguantar esto, joder. —El gatete trinca sus putas cosas: paquete de Marlboro, Zippo y cartera, y abandona la sala todo mosca.
—Puto tarado —dice el gordo, y se pone a canturrear:
Buenas noches señora-buenas noches señora-hasta la vista- gracias por sus sonrisas-gracias por sus caricias-hasta la vista.
—¿Bertín Osborne? Manda cojones, tal y cual —ríe el largo.
Me lo estoy pasando de putísima progenitora, disfrutando un poco de la vida real y tal, cuando el puto tocapelotas de «Tanga» decide acabar con la jodida diversión de un puto plumazo.
—¿Qué hacemos con el del yeyo, jefe? —Nemesio, el gordo, mira en nuestra dirección—. El cabrón es un jodido camorrista de los buenos —añade el mariconazo, señalándome con el dedo.
El cerdo del gordinflón me mira y borra la sonrisa del tirón, como si acabara de ver a un viejo puto amigo que se folló a su mujer mientras él jugaba a polis y ladrones.
Dos latidos en silencio, en realidad no llega a uno…
—Llevadlo a la sala tres —dice—. Y traed también el yeyo.
Bravo me agarra de la pechera, en plan matón de discoteca, y me arrastra a lo largo de un pasillo con tres puertas. Somos yo, ni que decir tiene, Bravo, Tango y el gordo hijoputa, que ahora me mira como si le debiera puta pasta. Entramos en la sala en silencio, y la puerta se cierra a mi espalda: una mesa y dos sillas, es cuanto ven mis ojos, porque no hay una mierda más.
—Siéntate —Nemesio señala la silla más próxima a la mesa.
Tomo asiento, con la puta colaboración de Tango, que está ansioso de cojones por empezar y no duda en darme un codazo.
Bravo enciende un cigarrillo y apoya la espalda contra la fría pared de enfrente; no puedo verlo, me refiero a su compañero Tango, que ahora está detrás de mí haciendo su puta movida de poli, pero huelo su excitación porque esto le pone cachondo...
—Lo haremos puto fácil —dice el gordo, que ha ocupado la silla libre—, yo pregunto y tú respondes, sin mamoneos.
Asiento una vez con la cabeza...
«Gatos malos, joder. Estos cerdos me quieren follar».
—Veamos, ¿nombre?
—Jambo... —contesto, pero el cabrón se levanta a toda prisa, volcando la silla al hacerlo, y me engatilla un hostión en toda la cara: es un revés que me llueve del cielo, efectuado de arriba abajo como mandan los cánones, una bofetada suministrada por todo un puto profesional del oficio.
—Escúchame, mierdecilla con ojos, a estas alturas de la vida tengo el culo pelado y una cosa es segura: no me impresionas. Vuelve a vacilarme, vuelve a tocarme los putos cojones, y te juro que de aquí sales con el culo roto y los pies por delante, ¿entendido? —me falta tiempo para asentir como los burros.
Bravo le da una última calada a su cigarro, aplasta la colilla contra la pared y comienza a subirse las mangas de la camisa sin quitarme ojo de encima: el numerito que tienen organizado estos fulanos empieza a acojonarme de verdad.
«Gatos locos, joder», es lo único que puedo pensar.
—Una vez más: ¿nombre?
—Marco Antonio Cañas Cañas... —escupo de carrerilla.
Oigo a Tango reírse y decir que es una jodida broma.
—¿Marco Antonio? —pregunta el gordo con escepticismo. Cree que me estoy quedando con él—.  ¿Como el de Cleopatra?
«Como el de Cayo Julio César, capullo descerebrado», estoy a punto de largarle a la puta cara, pero no lo hago ni de broma.
—Más o menos...
Así están las cosas, cuando se abre la puerta y aparece una gatita vestida con un traje pantalón de Massimo Dutti; lo sé porque Soledad, mi Sole, usa los mismos trajes. Trae algo consigo. Se trata de un sobre marrón, uno grande que entrega a don galletas sin avisar, y se marcha por donde ha venido: mis ojos, en realidad los de todos los presentes, escoltan su culo hasta la salida y un poco más.
—Hablemos claro. —La voz del gordinflón, por el que siento el mismo desprecio que albergaría por un padre autoritario y borracho, me arranca sin contemplaciones del hechizo en el que ese cacho bufete me tiene sumido—: sabemos que fuiste tú quien colocó el yeyo en el buzón. —El rostro de Bravo se tensa al oír la palabra buzón. El mío es el del menda que empieza a estar hasta las pelotas de escuchar la palabra yeyo—. ¿Tienes algo que decir? —pregunta, haciendo señas a sus chicos para que saquen la coca, mi coca, de la puta mochila.
—Yo se lo sacaré a hostias, joder —ruge Bravo.
Empiezo a sospechar que la maquinaria de la Gestapo está a punto de ponerse en marcha de verdad, sólo que no sé hasta dónde son capaces de llegar estos fachas descerebrados...
«Gatos nazorros del puto Tercer Reich».
En un momento dado, Bravo me agarra por la mandíbula, clavando sus enormes dedos en los huecos de mis muelas.
—Quiero que veas algo. —Alarga el brazo y el gordaco le alcanza el sobre, entonces empieza a arrojar fotografías sobre la mesa—. ¿Te suena de algo, infeliz? ¿Y ésta? ¿Te es familiar esta otra? —Abro mucho los ojos e intento levantarme, pero Tango me agarra por las orejas, apoyando su rodilla en mi espalda, y me estampa la cara contra una de las instantáneas: es la vieja esa a la que dieron matarile para robarle. Está en el suelo tirada, con los brazos abiertos y las putas bragas bajadas hasta los tobillos. Es una imagen espeluznante—. ¡Mírala bien, cerdo!
—¡No os paséis, muchachos! —brama Nemesio, pero Tango no afloja su presa ni un poco, y el insufrible dedo de Bravo, blanco por la fuerza que ejecuta en su afán policial, sigue sobre la puta foto de la muerta—. El chico no sabe nada, ¿verdad?
Apenas tardo segundos en comprender lo que ocurre: el juego es cada vez más mordiente y enfermizo, y más que se volverá, porque estos hijoputas van dando palos de ciego por el puto y ancho mundo. No tienen nada, menos que eso. Llevan semanas investigando lo de la puta vieja y siguen como al principio. Sólo prueban suerte. Lanzan sus redes fascistas en el puto océano, y se sientan a esperar, con una cerveza en la mano, al acecho de que un mangui como yo se coma el cebo de un jodido bocado.
—Pues claro que no sé nada, joder. —Me revuelvo, con más indignación de la que siento en realidad, con la puta careta de nieto puesta, y hago mi puta movida—: ¡Tengo abuela, y madre, joder! ¡Me cago en la puta hostia! No soy un cabrón de mierda. Nunca le he hecho daño a nadie que no se lo mereciera. Nunca empleo la violencia con aquellos que no están dentro del juego. Son mis reglas. Os aseguro, te aseguro —miro al gordaco a esa puta cara suya de mariachi mexicano, Tango se pone de los nervios porque mis movimientos son demasiado bruscos para su gusto, entonces derramo mi mierda de calidad sobre Nemesio—, puedes estar seguro, te doy mi palabra de honor, mi palabra de paracaidista —juego la baza del ejército con maestría— que si me entero del nombre del desgraciado que lo ha hecho… —dejo la frase en el aire.
—Está mintiendo, jefe —dice Tango.
«Esta-mintiendo-jefe», chúpame la polla, marica.
Me levanto del tirón, tan veloz que sorprendo al personal, y encaro al puto «Tanga». Ahora le suelto con todos mis huevos:
—He dado mi palabra de Caballero Legionario Paracaidista, mamonazo de los cojones.
El tío mierda me enseña los jodidos dientes; pero, gracias al chute patrio que me acabo de meter, aguanto de forma estoica el movidón, concediendo tope veracidad a mi puto relato.
—Quiero creerte, hijo… —dice Nemesio a mi espalda.
Bravo me aferra del hombro, con menos agresividad de la esperada, y me separa de Tango: el hijoputa se ha cagado todo.
—Me importa bien poco si colocaste o no el yeyo —prosigue el gordo—. Sólo quiero un poco de cooperación por tu parte para atrapar al responsable de esto. —Golpea la mesa con el puño, haciendo saltar por los aires las putas fotografías—. Eres avispado y conoces las putas calles, te mueves por ellas como un gato, ¿me entiendes? ¿Sabes dónde quiero ir a parar? —Asiento con lentitud—. Sé mis ojos ahí afuera. Sé mis oídos en las calles y mis hombres y yo haremos la vista gorda con el yeyo y otros asuntos que tengas entre manos. ¿Qué me dices?
«Y dale con la matraca, ¿pero tanto cuesta decir cocaína?».
Estoy a punto de cruzar una línea súper chunga que, sin duda, me joderá vivo para los restos: confidente de la pasma. Algo así sólo acarrea putos problemas de los gordos: marginalidad en la calle; palizas y violaciones en el talego; vergüenza ante tu gente. Pero tampoco tengo muchas más opciones. La he cagado pero bien. Debo mucha pasta a unos putos rusos, a unos animales del este, y tengo que decir adiós a mi puta cocaína. La he cagado de la hostia, y la cosa puede ir a peor si, por casualidad, se supiera que fui yo quien dio matarile a la vieja esa. Me cago en mi puta vida, joder. Me cago en mis putos muertos, copón. Tengo que desviar la puta mirada de mi culo de estos gatos fascistas. Tengo que hacer mí puta movida para pagar a los rusos…    
—¿Qué tendría que hacer?
—Dimitri y Bladimir. ¿Conoces a los hermanos Ivanov?
«Juego set y partido. Ni me creo la potra que acabo de tener».
—Los conozco… —digo, y me toco el mentón despacio, asegurándome que llevo puesta la careta de puto agente secreto.
—Entrégame sus pelotas, ya, y aquí paz y después gloria.
No contesto de inmediato, ni que decir tiene, pues dejo que el jodido silencio atormente al gordo de los cojones. Al fin digo:
—Son tuyas, jefe. —Sólo hago mi movida—. Son tuyas…




El de la portada soy yo, pero no soy el prota, Jambo…

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