Alta Traición



«Aulo». Calíades el Feroz abrió los ojos de golpe. No era un sueño. Había sentido el grito desesperado de su hermano pidiendo auxilio. Rodó a un lado del lecho y se puso en pie, asustado. Todos sus sentidos le indicaban que Aulo corría peligro. Se puso un quitón blanco por la cabeza y afianzó a su espalda el tahalí del que pendía su hoja. No había tiempo para la coraza musculada, ni para el faldellín de guerra que ganara en los juegos funerarios de Jaca. Ni siquiera para el casco de bronce de anchas carrilleras con la cimera roja: era su hermano Aulo quien estaba en peligro.
Ya no era Calíades, competente y disciplinado oficial al servicio del Imperio. Era el Feroz, el demonio de cabello oscuro que se lanzaba a la refriega con una sonrisa sin evaluar las consecuencias. Alguien siempre dispuesto a la pendencia, como apuntara Jaca, su padre adoptivo. Salió al exterior, aletargado y acusando el vino de la noche pasada. En los jardines próximos a la residencia de Aulo, Nicandro, su hermano de armas, al que muchos confundían con el propio Calíades por su asombroso parecido, peleaba contra dos desconocidos engalanado con la panoplia al completo: casco crestado de blanca cimera, grebas de bronce, broquel y gladio. Y lo mismo hacían otros tantos duelistas a lo largo y ancho de la urbe. Algunos a medio vestir, con un quitón como única protección. Otros, a buen seguro de guardia, con el equipo al completo.
El batir de los aceros terminó de prender su daimon. El Feroz brotó de la nada y su gladio seccionó el brazo del combatiente que martilleaba con su espada el escudo de Nicandro, una herida espantosa que regó el suelo y empapó su ropa. Su adversario, de anchos hombros y cabellera tan rubia como la de Nicandro, tardó un instante en entender lo sucedido; tiempo que el protegido de Jaca usó para abrir su abdomen de un tajo, acabando así con su vida. Nicandro, cuyo casco de bronce dejaba ver unos ojos grises tan duros como el pedernal, también se desembarazó de su rival con premura. El duelista envainó su hoja con oficio y se apartó de Calíades para recuperar del cuerpo sin vida de un intruso su lanza. Ambos se miraron y no les hizo falta decirse nada.
Con mucha diferencia respecto al resto de duelistas, Calíades y Nicandro fueron los primeros en llegar a la estancia de Aulo: acero en mano, con los hombros perlados de sudor y los largos cabellos retirados del rostro por cintas de cuero. Tras ellos fueron llegando otros nobles cubiertos con ropa de cama, muchos llevaban lámparas de aceite con las que se iluminó la alcoba. Aulo estaba desnudo frente al mirador, con el cabello oscuro adherido al rostro, que había adquirido un tono tan rojizo como el pelaje de un zorro. A simple vista, excepto por un tajo en el pecho que requería del cuidado de un físico, el resto de sus heridas no revestían gravedad. Algo que, teniendo en cuenta el estado en el que había quedado la habitación, resultaba milagroso.
Las pertenencias de Aulo: espejos y roperos traídos de la lejana Cunaxa; cortinas y ricos tapices en los que podía verse con todo lujo de detalle el Imperio; incluso su coraza con piedras de colores engarzadas y la corona con la que él y Décimo fueron ungidos Imperators, todo estaba cubierto de sangre. Como si un artista demente hubiese pintado un campo de batalla en la habitación del Lobo de Romalea.
La escena transportó al Feroz a otro lugar, a otro mundo al cual ya no pertenecía. Se vio a sí mismo treinta años atrás, con cinco, cubierto de sangre en mitad del campo de batalla, vertiendo su llanto sobre el cuerpo sin vida de su padre.
Aquella fatídica jornada el sol resplandecía con especial intensidad. Dárdano, su señor padre, había partido de Fobos al mando de una legión para defender la Línea fronteriza de la amenaza norteña. Con él iba Calíades, su único hijo. El pequeño, tocado con un rico casco de cimera roja idéntico al de su padre, vislumbró con sus pequeños ojos grises la formación que Dárdano dispuso en el campo de batalla para enfrentarse al ejército norse: su temida falange en el centro, con la caballería protegiendo los flancos desamparados del cuadrado y dos compañías de arqueros de apoyo.
La victoria no se hizo esperar. A Dárdano le bastó un vistazo para comprender que las líneas norteñas, demasiado partidas en el centro, no resistirían el empuje de su falange. Y no erró. No obstante, el triunfo no sirvió para impedir su muerte, pues cuando la contienda languidecía y el enemigo huía a uña de caballo, un campeón ataviado con una coraza de cuero se abrió paso hasta su cuadriga y logró alojar una lanza en su garganta, causándole la muerte al momento.
Así fue cómo el pequeño Calíades vio morir a su padre, aferrando el metal que truncaba su vida. Con la muerte del general y la pérdida de su madre durante el parto, Jaca se hizo cargo del rapaz, convirtiéndolo en hijo adoptivo. Pero Calíades nunca olvidaría la pesadilla vivida. Pesadilla que, una y otra vez, volvía para atormentar su persona.
El Feroz fue consciente de que todas las miradas se clavaban en él. No sabía con exactitud cuánto tiempo había estado perdido en sus recuerdos, ni si había hablado. Tenía la boca seca, la mano de la espada le temblaba y deseaba más que nada un trago; de modo que llenó una copa de vino ante el asombro de muchos y, derramando una libación en el suelo en honor a Kasei, bebió hasta saciar sus sentidos.
Después hizo a un lado con el pie el gladio teñido de rojo de un asaltante: el tipo estaba de espaldas, la hoja de Aulo le había abierto el costado izquierdo y yacía sobre un charco de sangre. A su lado se hallaba el cuerpo de un gigantón con los intestinos desparramados. El Feroz evitó el río carmesí en el que reposaba y confirmó que se trataba de un infante de la XI Lobuna Sacra, la legión de Aulo. Una sajadura en la panza lo había enviado directo al Hadis.
También vio la mueca de horror que aún conservaba el rostro de un guerrero cuya cabeza había sido separada de sus hombros, y las formas dejadas en el mármol durante el asalto por los pies de Aulo. Resultaba evidente que el Lobo de Romalea había sido atacado por legionarios imperiales, y aún más evidente que, tal vez porque así lo decidiera Kasei, había gozado de muchísima suerte.
—Aulo, ¿estás bien?
—Ha huido por el mirador —alcanzó a decir.
Su voz sonó entrecortada y parecía asustado.
Nicandro echó una ojeada por la tribuna, pero no logró adaptar la vista al velo de tenebrosidad que imperaba en los jardines. El oficial había abandonado en algún lugar del vergel su casco de cimera blanca antes de entrar a la casa. Distinguió a lo lejos la colosal estatua de Octavio, el primer emperador de Enceladus, y, separada por un vasto estanque que simulaba ser el océano que terminó con su idilio, la de su esposa Helena. No consiguió ver a los legionarios de la compañía urbanae, la responsable de mantener el orden en la capital, pero si escuchó alto y claro el eco de sus pisadas.
—¡Cerrad el perímetro! —gritó Nicandro a los soldados, que acataron la orden con marcialidad—. ¡Que nadie entre ni salga de la ciudad! ¡Quiero a los responsables de tamaña insolencia a merced de mi acero! ¡Marchad de inmediato!
—¡Aparta! —Aulo despachó a Nicandro para dirigirse en persona a los guardias—. ¡Cien anillos de oro para quien capture al traidor! —Los hombres de la urbanae se miraron entre sí, con la codicia asomando a sus ojos. Pero no fueron los únicos. La mayoría de los nobles que acudieron en su ayuda, al oírle, desnudaron sus hojas y decidieron unirse a la cacería; pues cien anillos de oro equivalían al rescate de un rey menor—. ¡Doscientos para quien lo atrape con vida!
Aquello fue demasiado para legionarios y nobles, que rompieron filas lanzando alaridos como perros salvajes.
—¡Vivo! —repitió Aulo mientras se alejaban.
Un brillo malicioso fulguraba en los ojos del emperador.
Nicandro envainó el gladio y tomó al Feroz por el brazo para llevarlo a un aparte, pues no deseaba que nadie oyera lo que tenía que decirle. Aulo los vio departir con gesto grave desde la distancia, y tentado estuvo de interrumpirlos. Había derramado una lágrima de alegría al verlos atravesar la puerta. Tan parecidos y a la vez tan distintos, uno rubio y otro moreno, pero con un objetivo común: el deseo de catapultar su nombre a las estrellas y ser recordados por siempre. ¿«Estarían dispuestos a todo por alcanzar sus sueños?, pensó Aulo. Él lo había estado desde siempre… 
Tan absorto estaba en sus deliberaciones que, para su sorpresa, no reparó en el noble que le ofrecía su túnica. Todavía se hallaba desnudo. A sus viejas heridas, de las que siempre se había sentido orgulloso, se sumaban otras más recientes que narraban la historia de un ultraje en mitad de la noche. Aulo aceptó la prenda y volvió a clavar la mirada en Calíades y Nicandro el Rubio. Cerca de éstos, enfundados con arrogancia en la capa roja de la orden de los Duelistas, Sexto y su hermano Lucio, ambos fieles en su día a Jaca, departían entre susurros: aquellos doscientos anillos les hubieran venido muy bien para saldar la deuda que los atenazaba. Ambos lamentaban no haber reunido el coraje necesario para abandonar la estancia. Y todavía lo lamentaron más cuando, desde los jardines, les llegaron los alaridos de dicha de la soldadesca.
En ese momento dos oficiales entraron por la puerta y se cuadraron delante de Aulo. Eran Andrés de Halicarnaso, mano derecha de Calíades, duelista tremendamente diestro con la espada, y Marco Lúculo. También duelista como su compañero, y el hombre más acaudalado del continente de Enceladus.
Marco miró con desprecio a ambos hermanos. Sexto y Lucio inclinaron la cabeza ante su acreedor.
—¡Lo capturamos! —anunció Andrés.
Aulo se adelantó y desnudó los dientes por instinto.
—Lo encontramos lamiendo los huevos de la estatua de Jaca; aunque Marco cree que el hijo de perra rezaba—. El estruendo de las carcajadas retumbó en la estancia. Incluso Aulo se permitió una carcajada de trueno—. En estos momentos, mientras hablamos, mis muchachos lo trasladan lleno de cadenas al torreón de Afónico para ser interrogado.
—¿Es Agatocles? —preguntó Aulo.
Marco Lúculo se adelantó y endulzó los oídos del Lobo de Romalea: era Agatocles y seguía con vida.
—¡Excelente!
Aulo clavó sus duros ojos negros en los de sus oficiales: Andrés; ya sobrepasada la treintena, cabello corto y oscuro, un malhablado que decía lo que pensaba. Marco; que en unos días cumpliría los cincuenta, como bien indicaba su media melena nívea. Hombre de negocios que había hecho una fortuna con la cría de caballos.
—Buen trabajo, muchachos. Me habéis hecho muy feliz. Ambos sois doscientos anillos de oro más ricos —barrió la habitación con la mirada y vociferó—: ¡Mi coraza! —Lo hizo mientras indicaba a sus oficiales que podían retirarse. También ordenó al Feroz que se retirase, pero éste se negó. Aunque luego pidió a Andrés que le acompañase a sus aposentos a por su equipo; el oficial quería escuchar los pormenores de la captura de Agatocles mientras se vestía.
Aulo Mucio Corbulón escupió por el hueco de los dientes y repitió la orden. El César abrió los brazos y dejó que dos esclavos le coloraran la coraza con incrustaciones, mientras otro limpiaba Runa Sangrienta. Esa noche casi pierde la vida a manos de hombres que le habían jurado lealtad, hombres de su propia legión que le habían seguido orgullosos a la batalla, hombres que le acababan de costar cuatrocientos anillos de oro. Pero, así con todo, se sentía muy feliz.


+++

—¡Por la polla de Kasei! ¿Viste su mirada? No me gustaría ser Agatocles. De hecho, preferiría ser sodomizado por una manada de lobos con vergas enormes, recibirlos incluso de dos en dos, a tener nada que ver con él. Aulo está loco de remate, lo despellejará vivo y tirará su cuerpo a los cerdos.
Andrés de Halicarnaso aferró con fuerza el amuleto de la suerte que colgaba de su cuello, una lechuza de plata, y se lo llevó a los labios mientras ayudaba a Calíades a vestirse.
El Feroz sonrió ante semejante ocurrencia, aunque sabía que su amigo tenía razón. La estancia del duelista estaba lejos de ser todo lo lujosa que era la de Aulo. En realidad, el lujo brillaba por su ausencia: un catre de campaña; una mesita con un libro; una silla y un armario donde recoger la ropa. Se podía decir que el oficial vivía como un monje.
—Pero, ¿por qué? Quiero decir, ¿qué ha provocado que Agatocles y su hermano atenten contra la vida de Aulo?
Una esclava entró en la habitación con una jarra llena de vino. La mujer hizo una leve inclinación y sirvió dos copas que puso en la mano de los guerreros. El Feroz ingirió la suya de un solo trago, pero Halicarnaso no la tocó. Calíades alargó la mano para que la esclava volviese a llenarla. Después ordenó que dejara el recipiente sobre la mesita y despidió a la muchacha con un gesto de cabeza. 
—¿Qué quieres que te diga, socio? —dijo Calíades abriendo los brazos—. Se acerca el segundo aniversario de la muerte de Jaca: sabíamos que algo así podía suceder. Cada maldito legionario de este Imperio, cada oficial, cada gobernador de provincia cree que Aulo y Décimo mataron a su padre para hacerse con el poder. Ambos sembraron vientos y ahora recogen tempestades. «Una mala cosecha, por supuesto», caviló. —El Feroz dio un trago a su copa y continuó—. Deja que te diga algo, socio: Agatocles gritó el nombre de la legión con la que el viejo Jaca sometió a los hombres del norte. Precisamente, él y el gigantón de su hermano pertenecieron a la legión VI Jaca Sacra...
—¿Dónde quieres llegar?
—¿Qué dónde quiero llegar? La legión fue desbaratada cuando Jaca murió, eran veteranos y se temió que alguno de sus generales se alzase. Muchos de ellos fueron a parar a las filas de Aulo, es el caso de Agatocles y Lisímaco. Pero otros partieron a Ulula para poblar la legión de Decimo: creyeron erróneamente que los chismorreos de la tropa cesarían de inmediato. Pero no fue así. —Andrés hizo un gesto interrogativo con los cejas, mientras encajaba los cierres de la coraza de Calíades, una pieza de metal negra como la noche, sin ornamento—: para los legionarios son culpables —sentenció el Feroz—. Me negué a creer que Aulo y Décimo tuvieran algo que ver con la muerte de Jaca. Pero la desarticulación de la legión me hizo pensar. 
—Estás jugando con fuego, Feroz… —dijo Halicarnaso.
—Lo sé, socio. Pero ambos estábamos en Bosque Rojo cuando todo ocurrió. —Andrés volvió a llevarse la lechuza a los labios. No le hacía ni pizca de gracia el rumbo que estaba tomando la conversación. Calíades seguía hablando, alternando oraciones que hablaban de traición con largos tragos a su copa. Andrés tuvo la extraña sensación de que el duelista estaba a punto de revelarle algo importante—. Una flecha atravesó limpiamente el hombro de Jaca —continuó el Feroz—. Una herida dolorosa, cierto. Pero no para que le causara la muerte. ¿Cómo pudo algo así acabar con su vida? Hipócrates, el físico, aseguró que no corría peligro…
—Por Kasei altísimo y esas dos lunas putas que lamen sus pelotas, Feroz. Será mejor que hables claro antes de que me dé un maldito infarto. —Calíades lo miró a los ojos y guardó un largo silencio. Iba a beber de su copa de vino, pero Andrés se la arrebató con irritación y la hizo a un lado.
—Está bien —dijo Calíades—. ¿Recuerdas aquello de lo que te hablé?   
—¿Te refieres a lo de abandonar Romalea unos días?
—Así es. Precisamente está relacionado con el tema: he sido citado a una reunión secreta en Pugnator: un templario de la Santa Sede dice manejar pruebas que incriminan a los hermanos Corbulón en la muerte de Jaca.
—¿Así que era eso?
—¿Qué otra cosa podía ser?
—¿Pruebas? ¿A estas alturas? Han pasado dos años desde que la parca sorprendió con el culo al aire al mejor emperador que ha visto Enceladus. Aulo y Décimo fueron interrogados al respecto, y ambos fueron liberados de toda sospecha: no importa que un puñado de legionarios medio borrachos los vieran salir de la tienda de Jaca la noche que éste murió, eran sus hijos. Tenían excusa para estar ahí.
—Lo sé. Pero ahora todo es distinto. La Santa Sede está ocupada por un hombre dispuesto a conocer la verdad. Este Papa no es como su predecesor… ha prometido llevar a los responsables ante la justicia.
 —O tal vez sólo quiera la cabeza de los emperadores. ¿No te has parado a pensarlo?
Calíades se apresuró a negar.
—No creo que el Santo Padre pretenda hacerse con el Imperio. La empresa se llevaría con la máxima discreción. Nadie irrumpiría a sangre y fuego en ninguna de las dos capitales, no busco eso. Se crearía un consejo que se encargaría de hacer valer la ley. Igual que hacían nuestros ancestros cuando Los Trece zanjaban esta clase de temas.
—Veo que lo tenéis todo bien estudiado. Pero parece que tú y tus nuevos amigos olvidáis un detalle: mientras hablamos, por culpa de la sequía que asola el continente, los hombres del norte intentan superar La Marca. Se lanzas cual posesos contra las moharras imperiales en busca de mejores pastos. Naseyras y sus exploradores dicen que no se detendrán ante nada. Los Cuarteles de Invierno son atacados una y otra vez y Drakkar ha pedido la ayuda de Décimo. Tu hermano, como buen siervo de la guerra, acude en auxilio de La Marca. Debemos unirnos a él en cuanto sus lanzas despunten en el Campo de Kasei. Si partes a Pugnator, te meterás en un lío.
Calíades asió el casco de bronce con la cimera adornada con la crin roja, el mismo que portara su padre el día de su muerte, y se lo puso en la testa sin emitir palabra alguna. Andrés de Halicarnaso comprendió que nada de lo que dijese o hiciese haría cambiar al duelista de opinión. 
—Si no lo hago me arrepentiré toda la vida. Necesito saber la verdad, socio. Tal vez si parto de inmediato logre alcanzaros antes de que diviséis los muros de La Marca. Pero para eso voy a necesitar a mi mejor montura.
—Vas a necesitar mucho más que eso. —Andrés tendió al Feroz su espada por la empuñadura y se hizo a un lado, dejando la puerta libre—. Espero que sepas lo que haces. Comunicaré a tu hermano Décimo que pronto te unirás a nosotros. Espero que valga la pena.
—Yo también lo espero, socio —respondió Calíades.
 Y salió por la puerta con destino al torreón de Afónico.


6 comentarios:

  1. BUENISIMO,ME PONES LOS DIENTES LARGOS.JODER QUE LARGO SE VA A HACER.

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  2. Bueno, éste ha estado más enfocado a sumerger al lector en la historia, dándole a conocer algunos datos. Ha habido menos narración y más diálogos que en el prólogo, eso ha ayudado a conocer también un poco a los personajes. A mi parecer metiste demasiados secundarios en este relato, y así de pronto, cuesta un poco quedarse con cada uno.

    Buen inicio de historia. Un abrazo.

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    1. Hola, José. Al contrario que sucede en el prólogo, este primer capítulo entra de lleno en lo que será la saga. A mí me gusta pensar que no es una novela simplona, de ahí los distintos personajes secundarios que mencionas. Podrás comprobar que la trama es presentada al lector desde la misma sinopsis, de hecho el conflicto es presentado desde la primera línea del prólogo. Además de esto la novela cuenta con varias subtramas que no desmerecen a la principal: hay una gran cantidad de personajes, buenos, malos y como la vida misma. Y unas cuantas civilizaciones luchando entre sí por los recursos del Imperio. Espero conseguir lo que pretendo. Gracias por comentar.

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  3. Hay un tema en tu novela que me tiene un poco sorprendida, y es la mezcla, en los topónimos y en los nombres personales (aparte de en las costumbres, las estructuras...), de la tradición histórica griega, romana, vikinga y europea medieval. No digo que no me guste, sólo que intriga en poco.

    En cuanto (esto es personal) al prólogo, yo lo veo tan integrado en la historia que le daría la categoría de capítulo.

    Por lo demás, el tono, la presentación de la trama, el desarrollo, el estilo, todo me parece genial, y sólo haría una pequeña corrección de estilo, muy de cuando en cuando, en la puntuación. Tengo ganas de que acabes.

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    1. Buenas tardes, Eowyn de Camelot. Lo primero de todo agradecer el comentario tan constructivo que has hecho del Ciclo, que dicho sea de paso, son los que más me gustan por la utilidad que proporcionan. Como bien has mencionado, la obra que estoy escribiendo posee una mezcla de civilizaciones fácilmente reconocibles para muchos de nosotros, y que no son otra cosa que la suma de todas mis lecturas. Así que no es de extrañar que te sientas un poco intrigada. El peso de la trama recae en los habitantes de lo que se conoce como el Imperio, una mezcla de griegos y romanos con la que pretendo contar, salvando las distancias, una historia que muchos asociaran con la Anábasis de Jenofonte. Aunque no pretendo hacer del Cicló algo tan lineal. Por ese motivo también se puede encontrar a otras razas que tendrán su peso en el desarrollo de la historia, y que sin duda, a pesar de la mezcla, no desentonaran. O eso quiero pensar. La verdad es que a ciencia cierta no sé si funcionará, pero tengo la esperanza de que guste aunque sólo sea a gente tan friki como yo. Decirte también que, en referencia al prólogo, ya había pensado otorgarle el trato de primer capítulo, por lo que tú misma dices. Imagino que esto me ayudará a decidirme. Por otro lado, en cuento al tema de la puntuación, decirte que, sí o sí, alguien dedicado al tema tiene que pulir el manuscrito. Si no te importa, sólo por el gusto de aprender cada día un poco más, te invito a que me envíes por privado las situaciones que te hayan podido resultar extrañas en el texto.
      Un fuerte abrazo y gracias.

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